Reseña de los
hospitales de ultramar
trad. Martha
Canfield
PREGÓN DE LOS
HOSPITALES
¡Miren ustedes
cómo es de admirar la situación privilegiada de esta gran casa de enfermos!
¡Observen el dombo de los altos árboles cuyas oscuras hojas, siempre húmedas, protegidas por un halo de plateada pelusa, dan sombra a las avenidas por donde se pasean los dolientes!
¡Escuchen el amortiguado paso de los ruidos lejanos, que dicen de la presencia de un mundo que viaja ordenadamente al desastre de los años,
al olvido, al asombro desnudo del tiempo!
¡Abran bien los ojos y miren cómo la pulida uña del síntoma marca a cada uno con su signo de especial desesperanza!;
sin herirlo casi, sin perturbarlo, sin moverlo de su doméstica órbita de recuerdos y penas y seres queridos,
para él tan lejanos ya y tan extranjeros en su territorio de duelo.
¡Entren todos a vestir el ojoso manto de la fiebre y conocer el temblor seráfico de la anemia
o la transparencia cerosa del cáncer que guarda su materia muchas noches,
hasta desparramarse en la blanca mesa iluminada por un alto sol voltaico que zumba dulcemente!
¡Adelante señores!
Aquí terminan los deseos imposibles:
el amor por la hermana,
los senos de la monja,
los juegos en los sótanos,
la soledad de las construcciones,
las piernas de las comulgantes,
todo termina aquí, señores.
¡Entren, entren!
Obedientes a la pestilencia que consuela y da olvido, que purifica y concede la gracia.
¡Adelante!
Prueben
la manzana podrida del cloroformo,
el blando paso del éter,
la montera niquelada que ciñe la faz de los moribundos,
la ola granulada de los febrífugos,
la engañosa delicia vegetal de los jarabes,
la sólida lanceta que libera el último coágulo, negro ya y poblado por los primeros signos de la transformación.
¡Admiren la terraza donde ventilan algunos sus males
como banderas en rehén!
¡Vengan todos
feligreses de las más altas dolencias!
¡Vengan a hacer el noviciado de la muerte, tan útil a muchos, tan sabio en dones que infestan la tierra y la preparan!
¡Observen el dombo de los altos árboles cuyas oscuras hojas, siempre húmedas, protegidas por un halo de plateada pelusa, dan sombra a las avenidas por donde se pasean los dolientes!
¡Escuchen el amortiguado paso de los ruidos lejanos, que dicen de la presencia de un mundo que viaja ordenadamente al desastre de los años,
al olvido, al asombro desnudo del tiempo!
¡Abran bien los ojos y miren cómo la pulida uña del síntoma marca a cada uno con su signo de especial desesperanza!;
sin herirlo casi, sin perturbarlo, sin moverlo de su doméstica órbita de recuerdos y penas y seres queridos,
para él tan lejanos ya y tan extranjeros en su territorio de duelo.
¡Entren todos a vestir el ojoso manto de la fiebre y conocer el temblor seráfico de la anemia
o la transparencia cerosa del cáncer que guarda su materia muchas noches,
hasta desparramarse en la blanca mesa iluminada por un alto sol voltaico que zumba dulcemente!
¡Adelante señores!
Aquí terminan los deseos imposibles:
el amor por la hermana,
los senos de la monja,
los juegos en los sótanos,
la soledad de las construcciones,
las piernas de las comulgantes,
todo termina aquí, señores.
¡Entren, entren!
Obedientes a la pestilencia que consuela y da olvido, que purifica y concede la gracia.
¡Adelante!
Prueben
la manzana podrida del cloroformo,
el blando paso del éter,
la montera niquelada que ciñe la faz de los moribundos,
la ola granulada de los febrífugos,
la engañosa delicia vegetal de los jarabes,
la sólida lanceta que libera el último coágulo, negro ya y poblado por los primeros signos de la transformación.
¡Admiren la terraza donde ventilan algunos sus males
como banderas en rehén!
¡Vengan todos
feligreses de las más altas dolencias!
¡Vengan a hacer el noviciado de la muerte, tan útil a muchos, tan sabio en dones que infestan la tierra y la preparan!
BANDO DEGLI
OSPEDALI
Guardate un po’
quanto sia da ammirare la privilegiata situazione di questa grande dimora di
malati!
Osservate la cupola degli alti alberi le cui foglie scure, sempre umide, protette da un alone di peluria argentata, fanno ombra sui viali lungo i quali passeggiano gli afflitti!
Ascoltate il passo attenuato dei lontani rumori, che denunciano la presenza di un mondo che in ordine si avvia verso il disastro degli anni,
verso l’oblio, verso il nudo stupore del tempo!
Aprite bene gli occhi e guardate come l’unghia pulita del sintomo incide ogni persona con il suo segno di speciale disperanza!;
senza ferire quasi, senza turbare, senza spostarla dalla sua orbita familiare di ricordi e di pene e di cari congiunti,
per lui ormai tanto lontani e così stranieri nel suo territorio di lutto.
Entrate tutti per indossare l’occhiuto mantello della febbre e conoscere il tremore serafico dell’anemia
o la trasparenza cerosa del cancro che custodisce la sua materia molte notti,
fino a sciogliersi sul bianco tavolo illuminato da un alto sole voltaico che ronza dolcemente!
Avanti signori!
Qui hanno fine i desideri impossibili:
l’amore per la sorella,
i seni della monaca,
i giochi nelle cantine,
la solitudine delle costruzioni,
le gambe delle comunicanti,
tutto finisce qui, signori.
Entrate, entrate!
Ubbidienti alla pestilenza che conforta e procura oblio, che purifica e concede la grazia.
Avanti!
Assaggiate
la mela marcia del cloroformio,
il morbido passaggio dell’etere,
il copricapo nichelato che cinge il viso dei moribondi,
l’onda granulata dei febbrifughi,
l’ingannevole delizia vegetale degli sciroppi,
la solida lancetta che libera l’ultimo coagulo, già nero e abitato dai primi segni della trasformazione.
Ammirate il terrazzo dove c’è chi ventila i propri malanni
come bandiere in ostaggio!
Venite tutti
devoti dei più superbi acciacchi!
Venite a fare il noviziato della morte, così utile per tanti, così esperto di doni che infestano la terra e la preparano!
Osservate la cupola degli alti alberi le cui foglie scure, sempre umide, protette da un alone di peluria argentata, fanno ombra sui viali lungo i quali passeggiano gli afflitti!
Ascoltate il passo attenuato dei lontani rumori, che denunciano la presenza di un mondo che in ordine si avvia verso il disastro degli anni,
verso l’oblio, verso il nudo stupore del tempo!
Aprite bene gli occhi e guardate come l’unghia pulita del sintomo incide ogni persona con il suo segno di speciale disperanza!;
senza ferire quasi, senza turbare, senza spostarla dalla sua orbita familiare di ricordi e di pene e di cari congiunti,
per lui ormai tanto lontani e così stranieri nel suo territorio di lutto.
Entrate tutti per indossare l’occhiuto mantello della febbre e conoscere il tremore serafico dell’anemia
o la trasparenza cerosa del cancro che custodisce la sua materia molte notti,
fino a sciogliersi sul bianco tavolo illuminato da un alto sole voltaico che ronza dolcemente!
Avanti signori!
Qui hanno fine i desideri impossibili:
l’amore per la sorella,
i seni della monaca,
i giochi nelle cantine,
la solitudine delle costruzioni,
le gambe delle comunicanti,
tutto finisce qui, signori.
Entrate, entrate!
Ubbidienti alla pestilenza che conforta e procura oblio, che purifica e concede la grazia.
Avanti!
Assaggiate
la mela marcia del cloroformio,
il morbido passaggio dell’etere,
il copricapo nichelato che cinge il viso dei moribondi,
l’onda granulata dei febbrifughi,
l’ingannevole delizia vegetale degli sciroppi,
la solida lancetta che libera l’ultimo coagulo, già nero e abitato dai primi segni della trasformazione.
Ammirate il terrazzo dove c’è chi ventila i propri malanni
come bandiere in ostaggio!
Venite tutti
devoti dei più superbi acciacchi!
Venite a fare il noviziato della morte, così utile per tanti, così esperto di doni che infestano la terra e la preparano!
FRAGMENTO
...de donde
salían al amanecer las vagonetas cargadas de enfermos con dirección al Hospital
de las Salinas. Una pequeña y muy antigua locomotora de vivos colores, llevaba,
lentamente y con esfuerzo, el largo tren de vagonetas pintadas de blanco con
una raya azul celeste en el borde superior, en cada una de las cuales viajaban
hasta cinco enfermos cómodamente recostados.
A lo largo de la herrumbrosa vía, reventaban las grandes olas en otoño o iban a morir tranquilamente, después de un largo y luminoso rodar por las arenas, en verano.
¡Qué inolvidable visión la de las blancas sábanas que envolvían los cuerpos lastimados en el hediondo aceite de los males, flotando sobre la fresca lejanía de las aguas, como una dicha que desenrolla sus símbolos!
Todo el día duraba el viaje de los enfermos. Al caer la tarde y con las primeras y quietas luces nocturnas, descendían, entumecidos y quejosos, pero tranquilos ya y purificados, como si hubieran llegado de las más apartadas y vírgenes regiones del agua.
El tren volvía por la noche con un ruido de hierros que golpean neciamente, con un escándalo metálico de oxidadas armas en desuso, con un chirrido amargo de cadalso imposible en la soledad marina y lunar.
Un gran resplandor se hacía poco rato después, producido por la incineración de las sábanas y vendajes que habían cubierto los cuerpos durante el viaje. El humo subía hasta oscurecer una parte del cielo y...
A lo largo de la herrumbrosa vía, reventaban las grandes olas en otoño o iban a morir tranquilamente, después de un largo y luminoso rodar por las arenas, en verano.
¡Qué inolvidable visión la de las blancas sábanas que envolvían los cuerpos lastimados en el hediondo aceite de los males, flotando sobre la fresca lejanía de las aguas, como una dicha que desenrolla sus símbolos!
Todo el día duraba el viaje de los enfermos. Al caer la tarde y con las primeras y quietas luces nocturnas, descendían, entumecidos y quejosos, pero tranquilos ya y purificados, como si hubieran llegado de las más apartadas y vírgenes regiones del agua.
El tren volvía por la noche con un ruido de hierros que golpean neciamente, con un escándalo metálico de oxidadas armas en desuso, con un chirrido amargo de cadalso imposible en la soledad marina y lunar.
Un gran resplandor se hacía poco rato después, producido por la incineración de las sábanas y vendajes que habían cubierto los cuerpos durante el viaje. El humo subía hasta oscurecer una parte del cielo y...
FRAMMENTO
...da dove
uscivano all’alba le carrozze cariche di malati verso l’Ospedale delle Saline.
Una piccola e molto antica locomotiva dai colori vivaci portava, piano piano e
con fatica, il lungo treno dalle carrozze dipinte di bianco con una striscia
blu chiaro sul bordo superiore, in ognuna delle quali viaggiavano fino a cinque
malati confortevolmente sdraiati.
Lungo i binari arrugginiti, rompevano le grandi onde in autunno o andavano a morire tranquillamente, dopo un lungo e luminoso rotolare sulle sabbie, d’estate.
Che indimenticabile visione quella dei bianchi lenzuoli che avvolgevano i corpi offesi dal puzzolente olio dei malanni, galleggiando sulla fresca lontananza delle acque, come una gioia che dispiega i suoi simboli!
Tutto il giorno durava il viaggio dei malati. Al tramonto e con le prime e fisse luci notturne, essi scendevano, intorpiditi e lamentosi, ma ormai tranquilli e già purificati, come se fossero arrivati dalle più appartate e vergini regioni dell’acqua.
Il treno tornava durante la notte con un rumore di ferri che battono stupidamente, con uno scandalo metallico di ossidate armi in disuso, con uno stridio amaro da patibolo impossibile nella solitudine marina e lunare.
Un grande bagliore compariva poco dopo, prodotto dall’incinerazione dei lenzuoli e delle bende che avevano coperto i corpi durante il viaggio. Il fumo saliva fino a oscurare una parte del cielo e...
Lungo i binari arrugginiti, rompevano le grandi onde in autunno o andavano a morire tranquillamente, dopo un lungo e luminoso rotolare sulle sabbie, d’estate.
Che indimenticabile visione quella dei bianchi lenzuoli che avvolgevano i corpi offesi dal puzzolente olio dei malanni, galleggiando sulla fresca lontananza delle acque, come una gioia che dispiega i suoi simboli!
Tutto il giorno durava il viaggio dei malati. Al tramonto e con le prime e fisse luci notturne, essi scendevano, intorpiditi e lamentosi, ma ormai tranquilli e già purificati, come se fossero arrivati dalle più appartate e vergini regioni dell’acqua.
Il treno tornava durante la notte con un rumore di ferri che battono stupidamente, con uno scandalo metallico di ossidate armi in disuso, con uno stridio amaro da patibolo impossibile nella solitudine marina e lunare.
Un grande bagliore compariva poco dopo, prodotto dall’incinerazione dei lenzuoli e delle bende che avevano coperto i corpi durante il viaggio. Il fumo saliva fino a oscurare una parte del cielo e...
EL HOSPITAL DE
LOS SOBERBIOS
Al terminar una
calle y formando una plazuela cuadrangular, se elevaba un oscuro edificio de
cuatro pisos de ladrillo rojo con amplias ventanas iluminadas, noche y día, por
una luz amarilla y mortecina.
Allí padecían los Soberbios, los que manejaban la ciudad, los dueños y dispensadores de todas las prebendas, los que decidían en última instancia desde el contrato para la construcción de un gran estadio hasta la mínima cuenta de un albañil de las alcantarillas.
El desorden de sus poderes, la horrible variedad de sus soberbias, expresada en cada caso con los más hondos e hirientes matices; la larga historia de sus enfermedades – que era preciso oír con devota atención antes de explicar la razón de la visita –; la fetidez de las salas en donde moraban y despachaban al mismo tiempo sus asuntos, rodeados siempre de frascos y recipientes en los que se mezclaban las drogas y las deyecciones, los perfumes y los regalos en especies que acumulaban los solicitantes y que servían a los dolientes de constante alimento a su irritable gula; la luz siempre escasa de las salas, que hacía tan difícil leer la multitud de papeles, documentos, pruebas, recibos y cuentas que se requerían en cada caso; todo ello hacía para mí detestable la visita de aquel puerto adonde llegábamos todos los años, ya entrada la estación, cargados de húmedos fargos de mercancías y en medio de nieblas que dificultaban las labores de atraque.
El permiso para descargar las mercancías y todos los trámites de uso para zarpar, debía yo arreglarlos en el Hospital, pues al Capitán le estaba vedado entrar allí, por no sé qué razones de sangre, religión y precedencia de castas, que según los más arbitrarios designios habían instituido los moradores de la gran casa de ladrillo.
A menudo coincidían mis gestiones con el día de permiso para entrada de las mujeres. Sus repelentes risitas de rata se escuchaban entonces en el fondo de las salas y los enfermos alargaban interminablemente sus asuntos mientras satisfacían su deseo con desesperante lentitud, en presencia de los fatigados solicitantes que debían permanecer de pie. Nunca pude ver bien el rostro o siquiera las formas de las mujeres que visitaban las salas, pero jamás olvidaré sus risas contenidas y agudas, simiescas e histéricas, que puntuaban las largas esperas hasta agotar los nervios.
En un desorden de cobijas y sábanas manchadas por todas las inmundicias, reposaba su blanda e inmensa estatura de diabético, el enfermo que conocía de los asuntos de embarque. Su voz salía por entre las flemas de la hinchada y fofa garganta en donde las palabras perdían toda entonación y sentido. Era como si un muerto hablara por entre el lodo de sus pecados. Gustaba dar largas explicaciones sobre el porqué de cada sello y la razón de cada firma, a tiempo que se extendía caprichosamente en comentarios y detalles sobre sus dolencias y sus medicinas.
Al salir del Hospital, aún seguían flotando ante mis ojos los pliegues de su lisa papada, moviéndose para dar paso a las palabras, como un intestino de miseria, y el largo catálogo de las pócimas se mezclaba en mi mente con la enumeración interminable de los requisitos exigidos para zarpar de aquel puerto de maldición.
Allí padecían los Soberbios, los que manejaban la ciudad, los dueños y dispensadores de todas las prebendas, los que decidían en última instancia desde el contrato para la construcción de un gran estadio hasta la mínima cuenta de un albañil de las alcantarillas.
El desorden de sus poderes, la horrible variedad de sus soberbias, expresada en cada caso con los más hondos e hirientes matices; la larga historia de sus enfermedades – que era preciso oír con devota atención antes de explicar la razón de la visita –; la fetidez de las salas en donde moraban y despachaban al mismo tiempo sus asuntos, rodeados siempre de frascos y recipientes en los que se mezclaban las drogas y las deyecciones, los perfumes y los regalos en especies que acumulaban los solicitantes y que servían a los dolientes de constante alimento a su irritable gula; la luz siempre escasa de las salas, que hacía tan difícil leer la multitud de papeles, documentos, pruebas, recibos y cuentas que se requerían en cada caso; todo ello hacía para mí detestable la visita de aquel puerto adonde llegábamos todos los años, ya entrada la estación, cargados de húmedos fargos de mercancías y en medio de nieblas que dificultaban las labores de atraque.
El permiso para descargar las mercancías y todos los trámites de uso para zarpar, debía yo arreglarlos en el Hospital, pues al Capitán le estaba vedado entrar allí, por no sé qué razones de sangre, religión y precedencia de castas, que según los más arbitrarios designios habían instituido los moradores de la gran casa de ladrillo.
A menudo coincidían mis gestiones con el día de permiso para entrada de las mujeres. Sus repelentes risitas de rata se escuchaban entonces en el fondo de las salas y los enfermos alargaban interminablemente sus asuntos mientras satisfacían su deseo con desesperante lentitud, en presencia de los fatigados solicitantes que debían permanecer de pie. Nunca pude ver bien el rostro o siquiera las formas de las mujeres que visitaban las salas, pero jamás olvidaré sus risas contenidas y agudas, simiescas e histéricas, que puntuaban las largas esperas hasta agotar los nervios.
En un desorden de cobijas y sábanas manchadas por todas las inmundicias, reposaba su blanda e inmensa estatura de diabético, el enfermo que conocía de los asuntos de embarque. Su voz salía por entre las flemas de la hinchada y fofa garganta en donde las palabras perdían toda entonación y sentido. Era como si un muerto hablara por entre el lodo de sus pecados. Gustaba dar largas explicaciones sobre el porqué de cada sello y la razón de cada firma, a tiempo que se extendía caprichosamente en comentarios y detalles sobre sus dolencias y sus medicinas.
Al salir del Hospital, aún seguían flotando ante mis ojos los pliegues de su lisa papada, moviéndose para dar paso a las palabras, como un intestino de miseria, y el largo catálogo de las pócimas se mezclaba en mi mente con la enumeración interminable de los requisitos exigidos para zarpar de aquel puerto de maldición.
L’OSPEDALE DEI
SUPERBI
Alla fine di
una strada e dando inizio a una piazzetta quadrata, s'innalzava uno scuro
palazzo di quattro piani di mattoni rossi con grandi finestre illuminate,
giorno e notte, da una luce gialla e fievole.
Lì soffrivano i Superbi, coloro che gestivano la città, i padroni ed elargitori di tutte le prebende, quelli che decidevano in ultima istanza tutto, dal contratto per la costruzione di un grande stadio fino all’insignificante preventivo di un muratore delle fogne.
Il disordine dei loro poteri, l’orribile varietà delle loro superbie, manifestata in ogni caso con le più profonde e le più offensive delle sfumature; la lunga storia delle loro malattie – che bisognava ascoltare con dovuta attenzione prima di spiegare la ragione della visita –; il fetore delle sale dove dimoravano e sbrigavano insieme i loro affari, circondati sempre da flaconi e contenitori in cui si mescolavano medicine e deiezioni, profumi e regali in natura che i richiedenti accumulavano e che agli afflitti servivano come perenne alimento per la loro esasperata ghiottoneria; la luce sempre scarsa nelle sale, che rendeva difficile la lettura di un’enorme quantità di carte, documenti, prove, ricevute e scontrini che venivano richiesti in ogni caso; tutto quello mi rendeva detestabile la visita di quel porto dove arrivavamo ogni anno, ormai a stagione inoltrata, carichi di pesanti fagotti di merci e in mezzo alla nebbia che rendevano più difficili le manovre di attracco.
Il permesso per scaricare le merci e tutte le pratiche regolari per salpare, le dovevo eseguire io all’Ospedale, dato che al Capitano era vietato entrarvi, per non so quali ragioni di sangue, religione e priorità di caste, che seguendo i disegni più arbitrari avevano istituito gli abitanti della grande casa di mattoni.
Spesso coincidevano le mie pratiche con il giorno di permesso per l’ingresso delle donne. Le loro schifose risatine da topo si ascoltavano allora in fondo alle sale e i malati prolungavano indefinitamente i loro affari mentre davano soddisfazione al loro desiderio con esasperante lentezza, in presenza degli affaticati richiedenti che dovevano rimanere in piedi. Non ho mai potuto vedere bene il volto né tanto meno le forme delle donne che visitavano le sale, ma non potrò dimenticare il loro ridere trattenuto e penetrante, scimmiesco e isterico, che scandiva le lunghe attese fino a rovinare i nervi.
Sul disordine di coperte e di lenzuoli macchiati da ogni sporcizia, faceva riposare la sua morbida e sterminata corporatura da diabetico quel malato esperto di faccende riguardanti l’imbarco. La sua voce veniva fuori in mezzo al catarro della gonfia e flaccida gola, attraverso la quale le parole perdevano ogni intonazione e senso. Era come se un morto parlasse mediante il fango dei propri peccati. Gli piaceva dare lunghe spiegazioni sul perché di ogni timbro e la ragione di ogni firma, mentre si dilungava capricciosamente in commenti e particolari sui suoi acciacchi e sulle sue medicine.
Quando uscivo dall’Ospedale, continuavano a galleggiare davanti ai miei occhi le pieghe del suo levigato doppio mento, che si muoveva per far passare le parole, come un intestino di miseria, e il lungo catalogo dei decotti si mescolava nella mia mente con l’interminabile enumerazione dei requisiti necessari per salpare da quel porto di dannazione.
Lì soffrivano i Superbi, coloro che gestivano la città, i padroni ed elargitori di tutte le prebende, quelli che decidevano in ultima istanza tutto, dal contratto per la costruzione di un grande stadio fino all’insignificante preventivo di un muratore delle fogne.
Il disordine dei loro poteri, l’orribile varietà delle loro superbie, manifestata in ogni caso con le più profonde e le più offensive delle sfumature; la lunga storia delle loro malattie – che bisognava ascoltare con dovuta attenzione prima di spiegare la ragione della visita –; il fetore delle sale dove dimoravano e sbrigavano insieme i loro affari, circondati sempre da flaconi e contenitori in cui si mescolavano medicine e deiezioni, profumi e regali in natura che i richiedenti accumulavano e che agli afflitti servivano come perenne alimento per la loro esasperata ghiottoneria; la luce sempre scarsa nelle sale, che rendeva difficile la lettura di un’enorme quantità di carte, documenti, prove, ricevute e scontrini che venivano richiesti in ogni caso; tutto quello mi rendeva detestabile la visita di quel porto dove arrivavamo ogni anno, ormai a stagione inoltrata, carichi di pesanti fagotti di merci e in mezzo alla nebbia che rendevano più difficili le manovre di attracco.
Il permesso per scaricare le merci e tutte le pratiche regolari per salpare, le dovevo eseguire io all’Ospedale, dato che al Capitano era vietato entrarvi, per non so quali ragioni di sangue, religione e priorità di caste, che seguendo i disegni più arbitrari avevano istituito gli abitanti della grande casa di mattoni.
Spesso coincidevano le mie pratiche con il giorno di permesso per l’ingresso delle donne. Le loro schifose risatine da topo si ascoltavano allora in fondo alle sale e i malati prolungavano indefinitamente i loro affari mentre davano soddisfazione al loro desiderio con esasperante lentezza, in presenza degli affaticati richiedenti che dovevano rimanere in piedi. Non ho mai potuto vedere bene il volto né tanto meno le forme delle donne che visitavano le sale, ma non potrò dimenticare il loro ridere trattenuto e penetrante, scimmiesco e isterico, che scandiva le lunghe attese fino a rovinare i nervi.
Sul disordine di coperte e di lenzuoli macchiati da ogni sporcizia, faceva riposare la sua morbida e sterminata corporatura da diabetico quel malato esperto di faccende riguardanti l’imbarco. La sua voce veniva fuori in mezzo al catarro della gonfia e flaccida gola, attraverso la quale le parole perdevano ogni intonazione e senso. Era come se un morto parlasse mediante il fango dei propri peccati. Gli piaceva dare lunghe spiegazioni sul perché di ogni timbro e la ragione di ogni firma, mentre si dilungava capricciosamente in commenti e particolari sui suoi acciacchi e sulle sue medicine.
Quando uscivo dall’Ospedale, continuavano a galleggiare davanti ai miei occhi le pieghe del suo levigato doppio mento, che si muoveva per far passare le parole, come un intestino di miseria, e il lungo catalogo dei decotti si mescolava nella mia mente con l’interminabile enumerazione dei requisiti necessari per salpare da quel porto di dannazione.
MORADA
Se internaba
por entre altos acantilados cuyas lisas paredes verticales penetraban
mansamente en un agua dormida.
Navegaba en silencio. Una palabra, el golpe de los remos, el ruido de una cadena en el fondo de la embarcación, retumbaban largamente e inquietaban la fresca sombra que iba espesándose a medida que penetraba en la isla.
En el atracadero, una escalinata ascendía suavemente hasta el promontorio más alto sobre el que flotaba un amplio cielo en desorden.
Pero antes de llegar allí y a tiempo que subía las escaleras, fue descubriendo, a distinta altura y en orientación diferente, amplias terrazas que debieron servir antaño para reunir la asamblea de oficios o ritos de una fe ya olvidada. No las protegía techo alguno y el suelo de piedra rocosa devolvía durante al noche el calor almacenado en el día, cuando el sol daba de lleno sobre la pulida superficie.
Eran seis terrazas en total. En la primera se detuvo a descansar y olvidó el viaje, sus incidentes y miserias.
En la segunda olvidó la razón que lo moviera a venir y sintió en su cuerpo la mina secreta de los años.
En la tercera recordó esa mujer alta, de grandes ojos oscuros y piel grave, que se le ofreció a cambio de un delicado teorema de afectos y sacrificios.
Sobre la cuarta rodaba el viento sin descanso y barría hasta la última huella del pasado.
En la quinta unos lienzos tendidos a secar le dificultaron el paso. Parecían esconder algo que, al final, se disolvió en una vaga inquietud semejante a la de ciertos días de la infancia.
En la sexta terraza creyó reconocer el lugar y cuando se percató que era el mismo sitio frecuentado años antes con el ruido de otros días, rodó por las anchas losas con los estertores de la asfixia...
A la mañana siguiente el practicante de turno lo encontró aferrado a los barrotes de la cama, las ropas en desorden y manando aún por la boca atónita la fatigada y oscura sangre de los muertos.
Navegaba en silencio. Una palabra, el golpe de los remos, el ruido de una cadena en el fondo de la embarcación, retumbaban largamente e inquietaban la fresca sombra que iba espesándose a medida que penetraba en la isla.
En el atracadero, una escalinata ascendía suavemente hasta el promontorio más alto sobre el que flotaba un amplio cielo en desorden.
Pero antes de llegar allí y a tiempo que subía las escaleras, fue descubriendo, a distinta altura y en orientación diferente, amplias terrazas que debieron servir antaño para reunir la asamblea de oficios o ritos de una fe ya olvidada. No las protegía techo alguno y el suelo de piedra rocosa devolvía durante al noche el calor almacenado en el día, cuando el sol daba de lleno sobre la pulida superficie.
Eran seis terrazas en total. En la primera se detuvo a descansar y olvidó el viaje, sus incidentes y miserias.
En la segunda olvidó la razón que lo moviera a venir y sintió en su cuerpo la mina secreta de los años.
En la tercera recordó esa mujer alta, de grandes ojos oscuros y piel grave, que se le ofreció a cambio de un delicado teorema de afectos y sacrificios.
Sobre la cuarta rodaba el viento sin descanso y barría hasta la última huella del pasado.
En la quinta unos lienzos tendidos a secar le dificultaron el paso. Parecían esconder algo que, al final, se disolvió en una vaga inquietud semejante a la de ciertos días de la infancia.
En la sexta terraza creyó reconocer el lugar y cuando se percató que era el mismo sitio frecuentado años antes con el ruido de otros días, rodó por las anchas losas con los estertores de la asfixia...
A la mañana siguiente el practicante de turno lo encontró aferrado a los barrotes de la cama, las ropas en desorden y manando aún por la boca atónita la fatigada y oscura sangre de los muertos.
DIMORA
Procedeva
attraverso alti dirupi di levigate pareti verticali che penetravano dolcemente
in un’acqua sonnolenta.
Navigava in silenzio. Una parola, il battere dei remi, il rumore di una catena in fondo all’imbarcazione, rimbombavano a lungo e agitavano la fresca ombra che andava addensandosi a mano a mano che entrava nell’isola.
All’imbarcadero una piccola scala s’innalzava soavemente fino al promontorio più alto sopra il quale ondeggiava un vasto cielo in disordine.
Ma prima di arrivarci e mentre saliva la scala, scoprì, a diverse altezze e in direzioni diverse, ampie terrazze che probabilmente erano servite in passato per riunire l’assemblea di uffizi o riti di una fede ormai dimenticata. Non erano protette da alcun tetto e il pavimento di pietra rocciosa restituiva di notte il caldo immagazzinato durante il giorno, quando il sole batteva in pieno sulla brunita superficie.
Erano sei terrazze in tutto. Sulla prima si fermò a riposare e dimenticò il viaggio, le sue traversie e miserie.
Sulla seconda dimenticò la ragione che l’aveva portato e sentì nel suo corpo la mina nascosta degli anni.
Sulla terza ricordò quella donna alta, dai grandi occhi scuri e carnagione grave, che gli si offrì in cambio di un delicato teorema di affetti e sacrifici.
Sulla quarta il vento vorticava senza sosta e spazzava perfino l’ultima traccia del passato.
Arrivato alla quinta, ebbe difficoltà a passare a causa dei teli messi ad asciugare. Sembravano nascondere qualcosa, che alla fine si dissolse in una vaga irrequietezza, simile a quella di certi giorni dell’infanzia.
Sulla sesta terrazza gli sembrò di riconoscere il posto e quando capì che era proprio quello che aveva frequentato anni addietro con i suoni di altri giorni, rotolò lungo le lastre di pietra con il rantolo dell’asfissia...
La mattina dopo l’infermiere di turno lo trovò afferrato alla testiera, i vestiti in disordine e con la bocca attonita che versava ancora il sangue scuro e lento dei morti.
Navigava in silenzio. Una parola, il battere dei remi, il rumore di una catena in fondo all’imbarcazione, rimbombavano a lungo e agitavano la fresca ombra che andava addensandosi a mano a mano che entrava nell’isola.
All’imbarcadero una piccola scala s’innalzava soavemente fino al promontorio più alto sopra il quale ondeggiava un vasto cielo in disordine.
Ma prima di arrivarci e mentre saliva la scala, scoprì, a diverse altezze e in direzioni diverse, ampie terrazze che probabilmente erano servite in passato per riunire l’assemblea di uffizi o riti di una fede ormai dimenticata. Non erano protette da alcun tetto e il pavimento di pietra rocciosa restituiva di notte il caldo immagazzinato durante il giorno, quando il sole batteva in pieno sulla brunita superficie.
Erano sei terrazze in tutto. Sulla prima si fermò a riposare e dimenticò il viaggio, le sue traversie e miserie.
Sulla seconda dimenticò la ragione che l’aveva portato e sentì nel suo corpo la mina nascosta degli anni.
Sulla terza ricordò quella donna alta, dai grandi occhi scuri e carnagione grave, che gli si offrì in cambio di un delicato teorema di affetti e sacrifici.
Sulla quarta il vento vorticava senza sosta e spazzava perfino l’ultima traccia del passato.
Arrivato alla quinta, ebbe difficoltà a passare a causa dei teli messi ad asciugare. Sembravano nascondere qualcosa, che alla fine si dissolse in una vaga irrequietezza, simile a quella di certi giorni dell’infanzia.
Sulla sesta terrazza gli sembrò di riconoscere il posto e quando capì che era proprio quello che aveva frequentato anni addietro con i suoni di altri giorni, rotolò lungo le lastre di pietra con il rantolo dell’asfissia...
La mattina dopo l’infermiere di turno lo trovò afferrato alla testiera, i vestiti in disordine e con la bocca attonita che versava ancora il sangue scuro e lento dei morti.
MOIROLOGHIA*
Un cardo amargo
se demora para siempre en tu garganta
¡oh Detenido!
Pesado cada uno de tus asuntos
no perteneces ya a lo que tu interés y vigilia reclamaban.
Ahora inauguras la fresca cal de tus nuevas vestiduras,
ahora estorbas, ¡Oh Detenido!
Voy a enumerarte algunas de las especies de tu nuevo reino
desde donde no oyes a los tuyos deglutir tu muerte y
hacer memoria melosa de tus intemperancias.
Voy a decirte algunas de las cosas que cambiarán para ti,
¡oh yerto sin mirada!
Tus ojos te serán dos túneles de viento fétido, quieto, fácil, incoloro.
Tu boca moverá pausadamente la mueca de su desleimiento.
Tus brazos no conocerán más la tierra y reposarán en cruz,
vanos instrumentos solícitos a la carie acre que los invade.
¡Ay, desterrado! Aquí terminan todas tus sorpresas,
tus ruidosos asombros de idiota.
Tu voz se hará del callado rastreo de muchas y diminutas bestias de color pardo,
de suaves derrumbamientos de materia polvosa ya y elevada en pequeños túmulos
que remedan tu estatura y que sostiene el aire sigiloso y ácido de los sepulcros.
Tus firmes creencias, tus vastos planes
para establecer una complicada fe de categorías y símbolos;
tu misericordia con otros, tu caridad en casa,
tu ansiedad por el prestigio de tu alma entre los vivos,
tus luces de entendido,
en qué negro hueco golpean ahora,
cómo tropiezan vanamente con tu materia en derrota.
De tus proezas de amante,
de tus secretos y nunca bien satisfechos deseos,
del torcido curso de tus apetitos,
qué decir, ¡oh sosegado!
De tu magro sexo encogido sólo mana ya la linfa rosácea de tus glándulas,
las primeras visitadas por el signo de la descomposición.
¡Ni una leve sombra quedará en la caja para testimoniar tus concupiscencias!
“Un día seré grande...” solías decir en el alba
de tu ascenso por las jerarquías.
Ahora lo eres, ¡oh Venturoso! y en qué forma.
Te extiendes cada vez más
y desbordas el sitio que te fuera fijado
en un comienzo para tus transformaciones.
Grande eres en olor y palidez,
en desordenadas materias que se desparraman y te prolongan.
Grande como nunca lo hubieras soñado,
grande hasta sólo quedar en tu lugar, como testimonio de tu descanso,
el breve cúmulo terroso de tus cosas más minerales y tercas.
Ahora, ¡oh tranquilo desheredado de las más gratas especies!,
eres como una barca varada en la copa de un árbol,
como la piel de una serpiente olvidada por su dueña en apartadas regiones,
como joya que guarda la ramera bajo su colchón astroso,
como ventana tapiada por la furia de las aves,
como música que clausura una feria de aldea,
como la incómoda sal en los dedos del oficiante,
como el ciego ojo de mármol que se enmohece y cubre de inmundicia,
como la piedra que da tumbos para siempre en el fondo de las aguas,
como trapos en una ventana a la salida de la ciudad,
como el piso de una triste jaula de aves enfermas,
como el ruido del agua en los lavatorios públicos,
como el golpe a un caballo ciego,
como el éter fétido que se demora sobre los techos,
como el lejano gemido del zorro
cuyas carnes desgarra una trampa escondida a la orilla del estanque,
como tanto tallo quebrado por los amantes en las tardes de verano,
como centinela sin órdenes ni armas,
como muerta medusa que muda su arco irirs por la opaca leche de los muertos,
como abandonado animal de caravana,
como huella de mendigos que se hunden al vadear una charca que protege su refugio,
como todo eso ¡oh varado entre los sabios cirios!
¡Oh surto en las losas del ábside!
¡oh Detenido!
Pesado cada uno de tus asuntos
no perteneces ya a lo que tu interés y vigilia reclamaban.
Ahora inauguras la fresca cal de tus nuevas vestiduras,
ahora estorbas, ¡Oh Detenido!
Voy a enumerarte algunas de las especies de tu nuevo reino
desde donde no oyes a los tuyos deglutir tu muerte y
hacer memoria melosa de tus intemperancias.
Voy a decirte algunas de las cosas que cambiarán para ti,
¡oh yerto sin mirada!
Tus ojos te serán dos túneles de viento fétido, quieto, fácil, incoloro.
Tu boca moverá pausadamente la mueca de su desleimiento.
Tus brazos no conocerán más la tierra y reposarán en cruz,
vanos instrumentos solícitos a la carie acre que los invade.
¡Ay, desterrado! Aquí terminan todas tus sorpresas,
tus ruidosos asombros de idiota.
Tu voz se hará del callado rastreo de muchas y diminutas bestias de color pardo,
de suaves derrumbamientos de materia polvosa ya y elevada en pequeños túmulos
que remedan tu estatura y que sostiene el aire sigiloso y ácido de los sepulcros.
Tus firmes creencias, tus vastos planes
para establecer una complicada fe de categorías y símbolos;
tu misericordia con otros, tu caridad en casa,
tu ansiedad por el prestigio de tu alma entre los vivos,
tus luces de entendido,
en qué negro hueco golpean ahora,
cómo tropiezan vanamente con tu materia en derrota.
De tus proezas de amante,
de tus secretos y nunca bien satisfechos deseos,
del torcido curso de tus apetitos,
qué decir, ¡oh sosegado!
De tu magro sexo encogido sólo mana ya la linfa rosácea de tus glándulas,
las primeras visitadas por el signo de la descomposición.
¡Ni una leve sombra quedará en la caja para testimoniar tus concupiscencias!
“Un día seré grande...” solías decir en el alba
de tu ascenso por las jerarquías.
Ahora lo eres, ¡oh Venturoso! y en qué forma.
Te extiendes cada vez más
y desbordas el sitio que te fuera fijado
en un comienzo para tus transformaciones.
Grande eres en olor y palidez,
en desordenadas materias que se desparraman y te prolongan.
Grande como nunca lo hubieras soñado,
grande hasta sólo quedar en tu lugar, como testimonio de tu descanso,
el breve cúmulo terroso de tus cosas más minerales y tercas.
Ahora, ¡oh tranquilo desheredado de las más gratas especies!,
eres como una barca varada en la copa de un árbol,
como la piel de una serpiente olvidada por su dueña en apartadas regiones,
como joya que guarda la ramera bajo su colchón astroso,
como ventana tapiada por la furia de las aves,
como música que clausura una feria de aldea,
como la incómoda sal en los dedos del oficiante,
como el ciego ojo de mármol que se enmohece y cubre de inmundicia,
como la piedra que da tumbos para siempre en el fondo de las aguas,
como trapos en una ventana a la salida de la ciudad,
como el piso de una triste jaula de aves enfermas,
como el ruido del agua en los lavatorios públicos,
como el golpe a un caballo ciego,
como el éter fétido que se demora sobre los techos,
como el lejano gemido del zorro
cuyas carnes desgarra una trampa escondida a la orilla del estanque,
como tanto tallo quebrado por los amantes en las tardes de verano,
como centinela sin órdenes ni armas,
como muerta medusa que muda su arco irirs por la opaca leche de los muertos,
como abandonado animal de caravana,
como huella de mendigos que se hunden al vadear una charca que protege su refugio,
como todo eso ¡oh varado entre los sabios cirios!
¡Oh surto en las losas del ábside!
* Moirologhia
es un lamento o treno que cantan las mujeres del Peloponeso alrededor del
féretro o la tumba del difunto. (N dell' A).
MOIROLOGHIA*
Un amaro cardo
si ferma per sempre alla tua gola
Oh Detenuto!
Avendo vagliato ognuno dei tuoi affari
non appartieni più a quello che il tuo interesse e la tua veglia richiedevano.
Adesso inauguri la fresca calce dei tuoi nuovi indumenti,
adesso disturbi, oh Detenuto!
Voglio elencarti alcune delle specie del tuo nuovo regno
da dove non ascolti i tuoi che deglutiscono la tua morte e
fanno memoria mielosa delle tue intemperanze.
Voglio dirti alcune delle cose che per te cambieranno,
oh irrigidito senza sguardo!
I tuoi occhi saranno due gallerie di vento fetido, calmo, facile, incolore.
La tua bocca accennerà lentamente la smorfia della sua diluizione.
Le tue braccia non conosceranno più la terra e riposeranno in croce,
inutili strumenti solerti nei confronti dell’aspra carie che li domina.
Ahi, esiliato! Qui finiscono tutte le tue sorprese,
i tuoi rumorosi stupori da idiota.
La tua voce si farà con il silente rastrellamento di molti e piccoli animali di colore scuro,
con delicati abbattimenti di materia polverosa ormai e innalzata in ridotti tumuli
che imitano la tua statura e che sono sostenuti dall’aria riservata e acida dei sepolcri.
Le tue sicure credenze, i tuoi vasti piani
per stabilire una complicata fede di categorie e simboli;
la tua misericordia nei confronti degli altri, la tua carità in casa,
la tua ansia per il prestigio della tua anima tra i vivi,
i tuoi lumi da intenditore,
in quale nero buco battono ora,
come inciampano in vano con la tua materia sconfitta!
Delle tue prodezze di amante,
dei tuoi segreti e mai totalmente soddisfatti desideri,
della contorta direzione dei tuoi appetiti,
cosa dire, oh pacificato!
Dal tuo magro sesso rattrappito emana ormai soltanto la linfa rosata delle tue ghiandole,
le prime a essere visitate dal segnale della decomposizione.
Nemmeno una lieve ombra rimarrà nella cassa a testimoniare le tue concupiscenze!
“Un giorno sarò grande…” eri solito dire all’alba
della tua ascesa attraverso le gerarchie.
Ora lo sei, oh Fortunato, e come!
Ti distendi sempre di più
e trabocchi dal posto che ti è stato assegnato
all’inizio per le tue trasformazioni.
Sei grande per odore e per pallore,
nelle disordinate materie che si rovesciano e ti prolungano.
Grande come non l’avresti mai sognato,
grande fino a rimanere unicamente al tuo posto, come testimone del tuo riposo,
il breve cumulo terroso delle tue cose più minerali e ostinate.
Ora, oh tranquillo diseredato delle più care specie!,
sei come una barca incagliata sulla chioma di un albero,
come la pelle di un serpente dimenticata dal suo proprietario in una lontana regione,
come un gioiello che la meretrice conserva sotto il suo trasandato materasso,
come finestra tappata dalla furia degli uccelli,
come musica che chiude una fiera di provincia,
come lo scomodo sale tra le dita dell’officiante,
come il cieco occhio di marmo che ammuffisce e si copre d’immondezza,
come la pietra che procede a tonfi senza sosta in fondo alle acque,
come cenci a una finestra della periferia urbana,
come il fondo di una triste gabbia di uccelli malati,
come il rumore dell’acqua nei bagni pubblici,
come il colpo inferto a un cavallo cieco,
come il fetido etere che aleggia sui tetti,
come il lontano gemito della volpe
con le carni lacerate da una trappola nascosta in riva allo stagno,
come tanti steli spezzati dagli amanti nei pomeriggi estivi,
come sentinella senza ordini né armi,
come medusa morta che scambia il suo arcobaleno con l’oscuro latte dei morti,
come animale da carovana abbandonato,
come orme di mendicanti che sprofondano nel guadare l’acquitrino che protegge il loro rifugio,
come tutto quanto, oh arenato fra i sapienti ceri!
Oh imperturbabile tra le lastre dell’abside!
* Moirologhia è una lamentazione o threnos che cantano le donne del Peloponneso attorno al feretro o alla tomba del congiunto (N dell' A).
Oh Detenuto!
Avendo vagliato ognuno dei tuoi affari
non appartieni più a quello che il tuo interesse e la tua veglia richiedevano.
Adesso inauguri la fresca calce dei tuoi nuovi indumenti,
adesso disturbi, oh Detenuto!
Voglio elencarti alcune delle specie del tuo nuovo regno
da dove non ascolti i tuoi che deglutiscono la tua morte e
fanno memoria mielosa delle tue intemperanze.
Voglio dirti alcune delle cose che per te cambieranno,
oh irrigidito senza sguardo!
I tuoi occhi saranno due gallerie di vento fetido, calmo, facile, incolore.
La tua bocca accennerà lentamente la smorfia della sua diluizione.
Le tue braccia non conosceranno più la terra e riposeranno in croce,
inutili strumenti solerti nei confronti dell’aspra carie che li domina.
Ahi, esiliato! Qui finiscono tutte le tue sorprese,
i tuoi rumorosi stupori da idiota.
La tua voce si farà con il silente rastrellamento di molti e piccoli animali di colore scuro,
con delicati abbattimenti di materia polverosa ormai e innalzata in ridotti tumuli
che imitano la tua statura e che sono sostenuti dall’aria riservata e acida dei sepolcri.
Le tue sicure credenze, i tuoi vasti piani
per stabilire una complicata fede di categorie e simboli;
la tua misericordia nei confronti degli altri, la tua carità in casa,
la tua ansia per il prestigio della tua anima tra i vivi,
i tuoi lumi da intenditore,
in quale nero buco battono ora,
come inciampano in vano con la tua materia sconfitta!
Delle tue prodezze di amante,
dei tuoi segreti e mai totalmente soddisfatti desideri,
della contorta direzione dei tuoi appetiti,
cosa dire, oh pacificato!
Dal tuo magro sesso rattrappito emana ormai soltanto la linfa rosata delle tue ghiandole,
le prime a essere visitate dal segnale della decomposizione.
Nemmeno una lieve ombra rimarrà nella cassa a testimoniare le tue concupiscenze!
“Un giorno sarò grande…” eri solito dire all’alba
della tua ascesa attraverso le gerarchie.
Ora lo sei, oh Fortunato, e come!
Ti distendi sempre di più
e trabocchi dal posto che ti è stato assegnato
all’inizio per le tue trasformazioni.
Sei grande per odore e per pallore,
nelle disordinate materie che si rovesciano e ti prolungano.
Grande come non l’avresti mai sognato,
grande fino a rimanere unicamente al tuo posto, come testimone del tuo riposo,
il breve cumulo terroso delle tue cose più minerali e ostinate.
Ora, oh tranquillo diseredato delle più care specie!,
sei come una barca incagliata sulla chioma di un albero,
come la pelle di un serpente dimenticata dal suo proprietario in una lontana regione,
come un gioiello che la meretrice conserva sotto il suo trasandato materasso,
come finestra tappata dalla furia degli uccelli,
come musica che chiude una fiera di provincia,
come lo scomodo sale tra le dita dell’officiante,
come il cieco occhio di marmo che ammuffisce e si copre d’immondezza,
come la pietra che procede a tonfi senza sosta in fondo alle acque,
come cenci a una finestra della periferia urbana,
come il fondo di una triste gabbia di uccelli malati,
come il rumore dell’acqua nei bagni pubblici,
come il colpo inferto a un cavallo cieco,
come il fetido etere che aleggia sui tetti,
come il lontano gemito della volpe
con le carni lacerate da una trappola nascosta in riva allo stagno,
come tanti steli spezzati dagli amanti nei pomeriggi estivi,
come sentinella senza ordini né armi,
come medusa morta che scambia il suo arcobaleno con l’oscuro latte dei morti,
come animale da carovana abbandonato,
come orme di mendicanti che sprofondano nel guadare l’acquitrino che protegge il loro rifugio,
come tutto quanto, oh arenato fra i sapienti ceri!
Oh imperturbabile tra le lastre dell’abside!
* Moirologhia è una lamentazione o threnos che cantano le donne del Peloponneso attorno al feretro o alla tomba del congiunto (N dell' A).
Da Los trabajos perdidos
Le opere perdute
AMÉN
Que te acoja la
muerte
con todos tus sueños intactos.
Al retorno de una furiosa adolescencia,
al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,
te distinguirá la muerte con su primer aviso.
Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,
te iniciará en su constante brisa de otro mundo.
La muerte se confundirá con tus sueños
y en ellos reconocerá los signos
que antaño fuera dejando,
como un cazador que a su regreso
reconoce sus marcas en la brecha.
con todos tus sueños intactos.
Al retorno de una furiosa adolescencia,
al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,
te distinguirá la muerte con su primer aviso.
Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,
te iniciará en su constante brisa de otro mundo.
La muerte se confundirá con tus sueños
y en ellos reconocerá los signos
que antaño fuera dejando,
como un cazador que a su regreso
reconoce sus marcas en la brecha.
AMEN
Che la morte ti
accolga
con tutti i tuoi sogni intatti.
Di ritorno da una furiosa adolescenza,
all'inizio delle vacanze che non ti hanno mai concesso,
la morte t’individuerà con un suo primo avviso.
Aprirà i tuoi occhi alle sue vaste acque,
t’inizierà nella sua brezza costante d'altro mondo.
La morte confonderà i tuoi sogni
e in essi riconoscerà i segni
da lei lasciati un tempo,
come un cacciatore che di ritorno
riconosce le sue tracce sull'aperto sentiero.
con tutti i tuoi sogni intatti.
Di ritorno da una furiosa adolescenza,
all'inizio delle vacanze che non ti hanno mai concesso,
la morte t’individuerà con un suo primo avviso.
Aprirà i tuoi occhi alle sue vaste acque,
t’inizierà nella sua brezza costante d'altro mondo.
La morte confonderà i tuoi sogni
e in essi riconoscerà i segni
da lei lasciati un tempo,
come un cacciatore che di ritorno
riconosce le sue tracce sull'aperto sentiero.
NOCTURNO
Respira la
noche,
bate sus claros espacios,
sus criaturas en menudos ruidos,
en el crujido leve de las maderas,
se traicionan.
Renueva la noche
cierta semilla oculta
en la mina feroz que nos sostiene.
Con su leche letal
nos alimenta
una vida que se prolonga
más allá de todo matinal despertar
en las orillas del mundo.
La noche que respira
nuestro pausado aliento de vencidos
nos preserva y protege
«para más altos destinos».
bate sus claros espacios,
sus criaturas en menudos ruidos,
en el crujido leve de las maderas,
se traicionan.
Renueva la noche
cierta semilla oculta
en la mina feroz que nos sostiene.
Con su leche letal
nos alimenta
una vida que se prolonga
más allá de todo matinal despertar
en las orillas del mundo.
La noche que respira
nuestro pausado aliento de vencidos
nos preserva y protege
«para más altos destinos».
NOTTURNO
La notte
respira,
indica i suoi spazi nitidi;
le sue creature, da infimi rumori,
dallo scricchiolio lieve dei legni,
si tradiscono.
La notte riconferma
un certo seme occulto
nella mina feroce che ci regge.
Col suo latte letale
nutre in noi
una vita che si prolunga
oltre ogni risveglio mattutino
sulle rive del mondo.
La notte che respira
il nostro faticoso alito da vinti
ci riserva e ci protegge
«per i più alti destini».
indica i suoi spazi nitidi;
le sue creature, da infimi rumori,
dallo scricchiolio lieve dei legni,
si tradiscono.
La notte riconferma
un certo seme occulto
nella mina feroce che ci regge.
Col suo latte letale
nutre in noi
una vita che si prolunga
oltre ogni risveglio mattutino
sulle rive del mondo.
La notte che respira
il nostro faticoso alito da vinti
ci riserva e ci protegge
«per i più alti destini».
CITA
In memoriam
J.G.D.*
Bien sea a la
orilla del río que baja de la cordillera
golpeando sus aguas contra troncos y metales dormidos,
en el primer puente que lo cruza y que atraviesa el tren
en un estruendo que se confunde con el de las aguas;
allí, bajo la plancha de cemento,
con sus telarañas y sus grietas
donde moran grandes insectos y duermen los murciélagos;
allí, junto a la fresca espuma que salta contra las piedras;
allí bien pudiera ser.
O tal vez en un cuarto de hotel,
en una ciudad a donde acuden los tratantes de ganado,
los comerciantes en mieles, los tostadores de café.
A la hora de mayor bullicio en las calles,
cuando se encienden las primeras luces
y se abren los burdeles
y de las cantinas sube la algarabía de los tocadiscos,
el chocar de los vasos y el golpe de las bolas de billar;
a esa hora convendría la cita
y tampoco habría esta vez incómodos testigos,
ni gentes de nuestro trato,
ni nada distinto de lo que antes te dije:
una pieza de hotel, con su aroma a jabón barato
y su cama manchada por la cópula urbana
de los ahítos hacendados.
O quizá en el hangar abandonado en la selva,
a donde arrimaban los hidroaviones para dejar el correo.
Hay allí un cierto sosiego, un gótico recogimiento
bajo la estructura de vigas metálicas
invadidas por el óxido
y teñidas por un polen color naranja.
Afuera, el lento desorden de la selva,
su espeso aliento recorrido
de pronto por la gritería de los monos
y las bandadas de aves grasientas y rijosas.
Adentro, un aire suave poblado de líquenes
listado por el tañido de las láminas.
También allí la soledad necesaria,
el indispensable desamparo, el acre albedrío.
Otros lugares habría y muy diversas circunstancias;
pero al cabo es en nosotros
donde sucede el encuentro
y de nada sirve prepararlo ni esperarlo.
La muerte bienvenida nos exime de toda vana sorpresa.
golpeando sus aguas contra troncos y metales dormidos,
en el primer puente que lo cruza y que atraviesa el tren
en un estruendo que se confunde con el de las aguas;
allí, bajo la plancha de cemento,
con sus telarañas y sus grietas
donde moran grandes insectos y duermen los murciélagos;
allí, junto a la fresca espuma que salta contra las piedras;
allí bien pudiera ser.
O tal vez en un cuarto de hotel,
en una ciudad a donde acuden los tratantes de ganado,
los comerciantes en mieles, los tostadores de café.
A la hora de mayor bullicio en las calles,
cuando se encienden las primeras luces
y se abren los burdeles
y de las cantinas sube la algarabía de los tocadiscos,
el chocar de los vasos y el golpe de las bolas de billar;
a esa hora convendría la cita
y tampoco habría esta vez incómodos testigos,
ni gentes de nuestro trato,
ni nada distinto de lo que antes te dije:
una pieza de hotel, con su aroma a jabón barato
y su cama manchada por la cópula urbana
de los ahítos hacendados.
O quizá en el hangar abandonado en la selva,
a donde arrimaban los hidroaviones para dejar el correo.
Hay allí un cierto sosiego, un gótico recogimiento
bajo la estructura de vigas metálicas
invadidas por el óxido
y teñidas por un polen color naranja.
Afuera, el lento desorden de la selva,
su espeso aliento recorrido
de pronto por la gritería de los monos
y las bandadas de aves grasientas y rijosas.
Adentro, un aire suave poblado de líquenes
listado por el tañido de las láminas.
También allí la soledad necesaria,
el indispensable desamparo, el acre albedrío.
Otros lugares habría y muy diversas circunstancias;
pero al cabo es en nosotros
donde sucede el encuentro
y de nada sirve prepararlo ni esperarlo.
La muerte bienvenida nos exime de toda vana sorpresa.
APPUNTAMENTO
In memoriam
J.G.D.*
Sia pure sulla
riva del fiume che scende dalla cordigliera
e colpisce con l'acqua i tronchi e i metalli addormentati,
sul primo ponte che lo attraversa per il quale passa il treno
con un boato che si confonde con quello delle acque,
lì, sotto la lastra di cemento,
con tutte le sue ragnatele e le sue crepe
dove vivono i grandi insetti e i pipistrelli dormono;
lì, vicino alla schiuma fresca che salta contro le pietre;
lì sarebbe bene.
Oppure in una stanza d'albergo,
in una città dove arrivano i mercanti di bestiame,
i venditori di miele, i torrefattori di caffè.
All'ora del più grande chiasso sulle strade,
quando si accendono le prime luci
e si aprono i bordelli
e dalle cantine sale lo schiamazzo dei giradischi,
lo schioccare dei bicchieri e il colpo delle palle del biliardo;
a quell'ora andrebbe bene l'appuntamento
e nemmeno quella volta ci sarebbero testimoni scomodi,
né persone della nostra compagnia,
né nulla di diverso di ciò che prima ti ho riferito:
una stanza d'albergo, con il suo profumo di saponetta scadente
e il suo letto macchiato dal coito urbano
dei latifondisti sazi.
O forse dentro l'hangar abbandonato nella selva,
dove approdavano gli idrovolanti per portare la posta.
Lì c'è un certo sussiego, un gotico raccoglimento
sotto la struttura delle travi metalliche
divorate dalla ruggine
e ricoperte da un polline colore arancia.
Fuori, il lento disordine della selva,
il suo denso alito attraversato
a un tratto dal vocio delle scimmie
e dagli stormi di uccelli grassi e collerici.
All'interno, un'aria soave popolata da licheni
segnata dal suonare delle lastre.
Anche lì la solitudine necessaria,
l'indispensabile abbandono, l'acido arbitrio.
Altri luoghi ci sarebbero e circostanze molto diverse;
ma in fondo è in noi
che avviene l'incontro
e non serve a nulla prepararlo o aspettarlo.
La morte benvenuta ci esime da ogni vana sorpresa.
e colpisce con l'acqua i tronchi e i metalli addormentati,
sul primo ponte che lo attraversa per il quale passa il treno
con un boato che si confonde con quello delle acque,
lì, sotto la lastra di cemento,
con tutte le sue ragnatele e le sue crepe
dove vivono i grandi insetti e i pipistrelli dormono;
lì, vicino alla schiuma fresca che salta contro le pietre;
lì sarebbe bene.
Oppure in una stanza d'albergo,
in una città dove arrivano i mercanti di bestiame,
i venditori di miele, i torrefattori di caffè.
All'ora del più grande chiasso sulle strade,
quando si accendono le prime luci
e si aprono i bordelli
e dalle cantine sale lo schiamazzo dei giradischi,
lo schioccare dei bicchieri e il colpo delle palle del biliardo;
a quell'ora andrebbe bene l'appuntamento
e nemmeno quella volta ci sarebbero testimoni scomodi,
né persone della nostra compagnia,
né nulla di diverso di ciò che prima ti ho riferito:
una stanza d'albergo, con il suo profumo di saponetta scadente
e il suo letto macchiato dal coito urbano
dei latifondisti sazi.
O forse dentro l'hangar abbandonato nella selva,
dove approdavano gli idrovolanti per portare la posta.
Lì c'è un certo sussiego, un gotico raccoglimento
sotto la struttura delle travi metalliche
divorate dalla ruggine
e ricoperte da un polline colore arancia.
Fuori, il lento disordine della selva,
il suo denso alito attraversato
a un tratto dal vocio delle scimmie
e dagli stormi di uccelli grassi e collerici.
All'interno, un'aria soave popolata da licheni
segnata dal suonare delle lastre.
Anche lì la solitudine necessaria,
l'indispensabile abbandono, l'acido arbitrio.
Altri luoghi ci sarebbero e circostanze molto diverse;
ma in fondo è in noi
che avviene l'incontro
e non serve a nulla prepararlo o aspettarlo.
La morte benvenuta ci esime da ogni vana sorpresa.
* poeta
colombiano Jorge Gaitán Durán (1924-1962), fondatore insieme a Hernando
Valencia-Goelkel della rivista «Mito», morto tragicamente in un incidente
aereo. (N del T)
CIUDAD
Un llanto,
un llanto de mujer
interminable,
sosegado,
casi tranquilo.
En la noche, un llanto de mujer me ha despertado.
Primero un ruido de cerradura,
después unos pies que vacilan
y luego, de pronto, el llanto.
Suspiros intermitentes
como caídas de un agua interior,
densa,
imperiosa,
inagotable,
como esclusa que acumula y libera sus aguas
o como hélice secreta
que detiene y reanuda su trabajo
trasegando el blanco tiempo de la noche.
Toda la ciudad se ha ido llenando de este llanto,
hasta los solares donde se amontonan las basuras,
bajo las cúpulas de los hospitales,
sobre las terrazas del verano,
en las discretas celdas de la prostitución,
en los papeles que se deslizan por solitarias avenidas,
con el tibio vaho de ciertas cocinas militares,
en las medallas que reposan en joyeros de teca,
un llanto de mujer que ha llorado largamente
en el cuarto vecino,
por todos los que cavan su tumba en el sueño,
por los que vigilan la mina del tiempo,
por mí que lo escucho
sin conocer otra cosa
que su frágil rodar por la intemperie
persiguiendo las calladas arenas del alba.
CITTÀ
Un pianto,
un pianto di donna
interminabile,
soffocato,
quasi tranquillo.
Nella notte, un pianto di donna mi ha svegliato.
Prima il rumore di una serratura,
dopo dei piedi che tentennano
e in seguito, a un tratto, il pianto.
Sospiri intermittenti
come cadute di un'acqua interna,
densa,
imperiosa,
inesauribile,
come una chiusa che accumula e libera le acque
o come elica segreta
che interrompe e poi ricomincia il suo lavoro
travasando il bianco tempo della notte.
Tutta la città si è impregnata a poco a poco di questo pianto,
perfino i terreni abbandonati dove si getta la spazzatura,
sotto le cupole degli ospedali,
sopra le terrazze dell'estate,
nelle discrete celle della prostituzione,
nelle carte che girano sui viali spopolati,
con l'emanazione tiepida di certe cucine militari,
sulle medaglie che riposano dentro le teche speciali,
un pianto di donna che è durato lungo tempo
nella stanza vicina,
per tutti coloro che scavano la propria tomba nel sonno,
per coloro che sorvegliano la mina del tempo,
per me che lo ascolto
senza conoscere altro
che il suo debole rotolare all'aria aperta
per inseguire le silenti sabbie dell'alba.
CADA POEMA
Cada poema un pájaro que huye
del sitio señalado por la plaga.
Cada poema un traje de la muerte,
por las calles y plazas inundadas
en la cera letal de los vencidos.
Cada poema un paso hacia la muerte,
una falsa moneda de rescate,
un tiro al blanco en medio de la noche
horadando los puentes sobre el río,
cuyas dormidas aguas viajan
de la vieja ciudad hacia los campos
donde el día prepara sus hogueras.
Cada poema un tacto yerto
del que yace en la losa de las clínicas,
un ávido anzuelo que recorre
el limo blando de las sepulturas.
Cada poema un lento naufragio del deseo,
un crujir de los mástiles y jarcias
que sostienen el peso de la vida.
Cada poema un estruendo de lienzos que derrumban
sobre el rugir helado de las aguas
el albo aparejo del velamen.
Cada poema invadiendo y desgarrando
la amarga telaraña del hastío.
Cada poema nace de un ciego centinela
que grita al hondo hueco de la noche
el santo y seña de su desventura.
Agua de sueño, fuente de ceniza,
piedra porosa de los mataderos,
madera en sombra de las siemprevivas,
metal que dobla por los condenados,
aceite funeral de doble filo,
cotidiano sudario del poeta,
cada poema esparce sobre el mundo
el agrio cereal de la agonía.
OGNI POESIA
Ogni poesia un uccello che fugge
dal luogo indicato dalla piaga.
Ogni poesia un vestito della morte,
attraverso strade e piazze invase
dalla cera letale dei vinti.
Ogni poesia un passo verso la morte,
una moneta falsa di riscatto,
un tiro al segno nel bel mezzo della notte
traforando i ponti sul fiume,
le cui acque addormentate viaggiano
dalla vecchia città verso i campi,
dove il giorno prepara i suoi falò.
Ogni poesia il tatto irrigidito
di chi giace sulla lastra di pietra delle cliniche,
avida esca animale che percorre
la melma morbida delle sepolture.
Ogni poesia un lento naufragio del desiderio,
uno scricchiolio di alberi maggiori e di sartie
che reggono il peso della vita.
Ogni poesia un boato di tele che precipitano
sopra il ruggito gelido delle acque
con il crollo del pallido paranco delle vele.
Ogni poesia tesa a invadere e a lacerare
l'amara ragnatela della noia.
Ogni poesia nasce da una sentinella cieca
che urla nel vuoto profondo della notte
la parola d'ordine della propria sofferenza.
Acqua di sogno, fonte di cenere,
pietra porosa dei mattatoi,
legno in ombra dei semprevivi,
metallo che suona per i condannati,
olio funereo a doppio taglio,
quotidiano lenzuolo funebre del poeta,
ogni poesia semina nel mondo
l'aspro cereale dell'agonia.
CREPA MATTUTINA
Scava la tua miseria,
sondala, scopri le sue caverne più nascoste.
Olia gli ingranaggi della tua miseria,
mettila sul tuo cammino, fatti strada al suo fianco
e bussa a ogni porta
con le cartilagini bianche della tua miseria.
Confrontala con quella di altre genti
e misura bene lo stupore delle differenze,
la singolare acutezza dei suoi bordi.
Riparati negli angoli lievi della tua miseria.
Tieni presente in ogni istante
che la sua materia è la tua materia,
l’unico porto di cui conosci ogni rada,
ogni boa, ogni segnale dalla terra tiepida
dove giungi a regnare come Crusoe
tra la moltitudine di ombre
che ti sfiorano e che urti
senza cogliere né il suo proposito né i costumi.
Coltiva la tua miseria,
rendila duratura,
nutriti della sua linfa,
avvolgiti nel manto tessuto coi suoi fili più segreti.
Impara a riconoscerla fra tutte,
non permettere che sia familiare agli altri
né prolungata abusivamente dai tuoi.
Sia per te come acqua battesimale
sgorgata dalle grandi fogne municipali,
come i rivoli che nascono nei mattatoi.
Si confonda con le tue viscere, la tua miseria;
contenga fin da ora i capitoli della tua morte,
gli elementi del tuo abbandono più certo.
Non lasciare mai da parte la tua miseria,
anche se riposassi ai suoi argini
come vicino al corpo bianco
da cui si è ritirato il desiderio.
Tieni sempre pronta la tua miseria
e non permettere che evada per distrazione o per inganno.
Impara a riconoscerla fin nei suoi segni più lievi:
l’accartocciarsi delle sottili foglie del carbonero,
l’aprirsi dei fiori al primo fresco della sera,
la solitudine di una gabbia da circo bloccata nel fango
del cammino, la fuliggine nei sobborghi,
la gavetta d’ottone che misura la minestra nelle caserme,
i vestiti disordinati dei ciechi,
le campanelle che disperdono il richiamo
sul retro seminato di eucalipti,
lo iodio delle navigazioni.
Non mescolare la tua miseria con le questioni di ogni giorno.
Impara a conservarla per le tue ore di svago
e intreccia con lei la vera,
la sola materia duratura
del tuo episodio sulla terra.
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ph salsel, Museo di S. Agostino, Ge
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