Della notte so poco
ma di me la notte sembra sapere,
e più ancora, mi assiste come se mi amasse,
mi ammanta di stelle la coscienza.
*
Extracciòn de la piedra de locura
Elles, les âmes (…), sont
malades et elles souffrent et nul ne leur porte-remède; elles sont blessées et
brisées et nul ne les panse.
Ruysbroeck
La luz mala se ha
avecinado y nada es cierto. Y si pienso en todo lo que leí acerca del espíritu…
Cerré los ojos, vi cuerpos luminosos que giraban en la niebla, en el lugar de
las ambiguas vecindades. No temas, nada te sobrevendrá, ya no hay violadores de
tumbas. El silencio, el silencio siempre, las monedas de oro del
sueño.
Hablo como en mí se habla. No mi voz obstinada en parecer una voz
humana sino la otra que atestigua que no he cesado de morar en el bosque.
Si vieras a la que sin ti duerme en un jardín en ruinas en la
memoria. Allí yo, ebria de mil muertes, hablo de mí conmigo sólo por saber si
es verdad que estoy debajo de la hierba. No sé los nombres. ¿A quién le dirás
que no sabes? Te deseas otra. La otra que eres se desea otra. ¿Qué pasa en la
verde alameda? Pasa que no es verde y ni siquiera hay una alameda. Y ahora
juegas a ser esclava para ocultar tu corona ¿otorgada por quién? ¿quién te ha
ungido? ¿quién te ha consagrado? El invisible pueblo de la memoria más vieja.
Perdida por propio designio, has renunciado a tu reino por las cenizas. Quien
te hace doler te recuerda antiguos homenajes. No obstante, lloras funestamente
y evocas tu locura y hasta quisieras extraerla de ti como si fuese una piedra,
a ella, tu solo privilegio. En un muro blanco dibujas las alegorías del reposo,
y es siempre una reina loca que yace bajo la luna sobre la triste hierba del
viejo jardín. Pero no hables de los jardines, no hables de la luna, no hables
de la rosa, no hables del mar. Habla de lo que sabes. Habla de lo que vibra en
tu médula y hace luces y sombras en tu mirada, habla del dolor incesante de tus
huesos, habla del vértigo, habla de tu respiración, de tu desolación, de tu
traición. Es tan oscuro, tan en silencio el proceso a que me obligo. Oh habla
del silencio.
De repente poseída por un funesto presentimiento de un viento
negro que impide respirar, busqué el recuerdo de alguna alegría que me sirviera
de escudo, o de arma de defensa, o aun de ataque. Parecía el Eclesiastés:
busqué en todas mis memorias y nada, nada debajo de la aurora de dedos negros.
Mi oficio (también en el sueño lo ejerzo) es conjurar y exorcizar. ¿A qué hora
empezó la desgracia? No quiero saber. No quiero más que un silencio para mí y
las que fui, un silencio como la pequeña choza que encuentran en el bosque los
niños perdidos. Y qué sé yo qué ha de ser de mí si nada rima con nada.
Te despeñas. Es el sinfín desesperante, igual y no obstante
contrario a la noche de los cuerpos donde apenas un manantial cesa aparece otro
que reanuda el fin de las aguas.
Sin el perdón de las aguas no puedo vivir. Sin el mármol final
del cielo no puedo morir.
En ti es de noche. Pronto asistirás al animoso encabritarse del
animal que eres. Corazón de la noche, habla.
Haberse muerto en
quien se era y en quien se amaba, haberse y no haberse dado vuelta como un
cielo tormentoso y celeste al mismo tiempo.
Hubiese querido más
que esto y a la vez nada.
Va y viene
diciéndose solo en solitario vaivén. Un perderse gota a gota el sentido de los
días. Señuelos de conceptos. Trampas de vocales. La razón me muestra la salida
del escenario donde levantaron una iglesia bajo la lluvia: la mujer-loba
deposita a su vástago en el umbral y huye. Hay una luz tristísima de cirios
acechados por un soplo maligno. Llora la niña loba. Ningún dormido la oye.
Todas las pestes y las plagas para los que duermen en paz.
Esta voz ávida
venida de antiguos plañidos. Ingenuamente existes, te disfrazas de pequeña asesina,
te das miedo frente al espejo. Hundirme en la tierra y que la tierra se cierre
sobre mí. Éxtasis innoble. Tú sabes que te han humillado hasta cuando te
mostraban el sol. Tú sabes que nunca sabrás defenderte, que sólo deseas
presentarles el trofeo, quiero decir tu cadáver, y que se lo coman y se lo
beban.
Las moradas del
consuelo, la consagración de la inocencia, la alegría inadjetivable del
cuerpo.
Si de pronto una
pintura se anima y el niño florentino que miras ardientemente extiende una mano
y te invita a permanecer a su lado en la terrible dicha de ser un objeto a
mirar y admirar. No (dije), para ser dos hay que ser distintos. Yo estoy fuera
del marco pero el modo de ofrendarse es el mismo.
Briznas, muñecos sin cabeza, yo me llamo, yo me llamo toda la noche. Y
en mi sueño un carromato de circo lleno de corsarios muertos en sus ataúdes. Un
momento antes, con bellísimos atavíos y parches negros en el ojo, los capitales
saltaban de un bergantín a otro como olas, hermosos como soles.
De manera que soñé capitanes y ataúdes de colores deliciosos y ahora
tengo miedo a causa de todas las cosas que guardo, no un cofre de piratas, no
un tesoro bien enterrado, sino cuantas cosas en movimiento, cuantas pequeñas
figuras azules y doradas gesticulan y danzan (pero decir no dicen), y luego
está el espacio negro – déjate caer, déjate caer –, umbral de la más alta
inocencia o tal vez tan sólo de la locura. Comprendo mi miedo a una rebelión de
las pequeñas figuras azules y doradas. Alma partida, alma compartida, he vagado
y errado tanto para fundar uniones con el niño pintado en tanto que objeto a
contemplar, y no obstante, luego de analizar los colores y las formas, me
encontré haciendo el amor con un muchacho viviente en el mismo momento que el
del cuadro se desnudaba y me poseía detrás de mis párpados cerrados.
Sonríe y yo soy una minúscula marioneta rosa con un paraguas celeste yo
entro por su sonrisa yo hago mi casita en su lengua yo habito en la palma de su
mano cierra sus dedos un polvo dorado un poco de sangre adiós oh adiós.
Como una voz no lejos de la noche arde el fuego más exacto. Sin piel ni
huesos andan los animales por el bosque hecho cenizas. Una vez el canto de un
solo pájaro te había aproximado al calor más agudo. Mares y diademas, mares y
serpientes. Por favor, mira cómo la pequeña calavera de perro suspendida del
cielo raso pintado de azul se balancea con hojas secas que tiemblan en torno de
ella. Grietas y agujeros en mi persona escapada de un incendio. Escribir es
buscar en el tumulto de los quemados el hueso del brazo que corresponda al
hueso de la pierna. Miserable mixtura. Yo restauro, yo reconstruyo, yo ando así
de rodeada de muerte. Y es sin gracia, sin aureola, sin tregua. Y esa voz, esa
elegía a una causa primera: un grito, un soplo, un respirar entre dioses. Yo
relato mi víspera, ¿Y qué puedes tú? Sales de tu guarida y no entiendes.
Vuelves a ella y ya no importa entender o no. Vuelves a salir y no entiendes.
No hay por donde respirar y tú hablas del soplo de los dioses.
No me hables del sol porque me moriría. Llévame como a una princesita
ciega, como cuando lenta y cuidadosamente se hace el otoño en un jardín.
Vendrás a mí con tu voz apenas coloreada por un acento que me hará
evocar una puerta abierta, con la sombra de un pájaro de bello nombre, con lo
que esa sombra deja en la memoria, con lo que permanece cuando avientan las
cenizas de una joven muerta, con los trazos que duran en la hoja después de
haber borrado un dibujo que representaba una casa, un árbol, el sol y un
animal.
Si no vino es porque no vino. Es como hacer el otoño. Nada esperabas de
su venida. Todo lo esperabas. Vida de tu sombra ¿qué quieres? Un transcurrir de
fiesta delirante, un lenguaje sin límites, un naufragio en tus propias aguas,
oh avara.
Cada hora, cada día, yo quisiera no tener que hablar. Figuras de cera
los otros y sobre todo yo, que soy más otra que ellos. Nada pretendo en este
poema si no es desanudar mi garganta.
Rápido, tu voz más oculta. Se transmuta, te transmite. Tanto que hacer
y yo me deshago. Te excomulgan de ti. Sufro, luego no sé. En el sueño el rey
moría de amor por mí. Aquí, pequeña mendiga, te inmunizan. (Y aún tienes cara
de niña; varios años más y no les caerás en gracia ni a los perros).
mi cuerpo se abría al conocimiento de mi estar
y de mi ser confusos y difusos
mi cuerpo vibraba y respiraba
según un canto ahora olvidado
yo no era aún la fugitiva de la música
yo sabía el lugar del tiempo
y el tiempo del lugar
en el amor yo me abría
y ritmaba los viejos gestos de la amante
heredera de la visión
de un jardín prohibido
La que soñó, la que fue soñada. Paisajes prodigiosos para la infancia
más fiel. A falta de eso – que no es mucho –, la voz que injuria tiene razón.
La tenebrosa luminosidad de los sueños ahogados. Agua dolorosa.
El sueño demasiado tarde, los caballos blancos demasiado tarde, el
haberme ido con una melodía demasiado tarde. La melodía pulsaba mi corazón y yo
lloré la pérdida de mi único bien, alguien me vio llorando en el sueño y yo
expliqué (dentro de lo posible), mediante palabras simples (dentro de lo
posible), palabras buenas y seguras (dentro de lo posible). Me adueñé de mi
persona, la arranqué del hermoso delirio, la anonadé a fin de serenar el terror
que alguien tenía a que me muriera en su casa.
¿Y yo? ¿A cuántos he salvado yo?
El haberme prosternado ante el sufrimiento de los demás, el haberme
acallado en honor de los demás.
Retrocedía mi roja violencia elemental. El sexo a flor de corazón, la
vía del éxtasis entre las piernas. Mi violencia de vientos rojos y de vientos
negros. Las verdaderas fiestas tienen lugar en el cuerpo y en los sueños.
Puertas del corazón, perro apaleado, veo un templo, tiemblo, ¿qué pasa?
No pasa. Yo presentía una escritura total. El animal palpitaba en mis brazos
con rumores de órganos vivos, calor, corazón, respiración, todo musical y
silencioso al mismo tiempo. ¿Qué significa traducirse en palabras? Y los
proyectos de perfección a largo plazo; medir cada día la probable elevación de
mi espíritu, la desaparición de mis faltas gramaticales. Mi sueño es un sueño
sin alternativas y quiero morir al pie de la letra del lugar común que asegura
que morir es soñar. La luz, el vino prohibido, los vértigos, ¿para quién
escribes? Ruinas de un templo olvidado. Si celebrar fuera posible.
Visión enlutada, desgarrada, de un jardín con estatuas rotas. Al filo
de la madrugada los huesos te dolían. Tú te desgarras. Te lo prevengo y te lo
previne. Tú te desarmas. Te lo digo, te lo dije. Tú te desnudas. Te desposees.
Te desunes. Te lo predije. De pronto se deshizo: ningún nacimiento. Te llevas,
te sobrellevas. Solamente tú sabes de este ritmo quebrantado. Ahora tus
despojos, recogerlos uno a uno, gran hastío, en dónde dejarlos. De haberla
tenido cerca, hubiese vendido mi alma a cambio de invisibilizarme. Ebria de mí,
de la música, de los poemas, por qué no dije del agujero de ausencia. En un
himno harapiento rodaba el llanto por mi cara. ¿Y por qué no dicen algo? ¿Y
para qué este gran silencio?
Estrazione di pietra della follia
Elles, les âmes (…), sont
malades et elles souffrent et nul ne leur porte-remède; elles sont blessées et
brisées et nul ne les panse.
Ruysbroeck
La luce cattiva ha preso stanza e nulla è certo. E se penso a tutto ciò
che ho letto circa lo spirito… Ho chiuso gli occhi, ho visto corpi luminosi che
giravano nella nebbia, nello spazio degli ambigui vicinati. Non temere, nulla
ti assalirà, violatori di tombe non ce ne sono piú. Il silenzio, il silenzio
sempre, le monete d’oro del sogno.
Parlo come si parla in me. Non la mia voce che si ostina ad
assomigliare a una voce umana ma l’altra voce che attesta che non ho smesso di
abitare nel bosco.
Se tu vedessi quella che dorme senza te in un giardino in rovina nella
memoria. Io, là, ubriaca di mille morti, parlo di me con me solo per sapere se
è vero che sto sotto l’erba. I nomi non li so. A chi dirai che non sai? Ti
desideri altra. L’altra che sei si desidera altra. Che cosa succede nel verde
sentiero? Succede che non è verde e che non esiste il sentiero. E ora giochi a
essere schiava per nascondere la tua corona, consegnata da
chi? Chi ti ha unto? Chi ti ha consacrato? L’invisibile popolo della memoria
piú vecchia. Perduta per tua scelta, hai rinunciato al tuo regno per le
ceneri. Chi ti fa dolorare ti ricorda antichi onori. Eppure
piangi funestamente ed evochi la tua follia e vorresti perfino estrarla da te
come se fosse una pietra, lei, il tuo solo privilegio. Disegni su un muro
bianco le allegorie del riposo, ed è sempre una regina pazza che giace sotto la
luna sopra l’erba triste del vecchio giardino. Ma non parlare dei giardini, non
parlare della luna, non parlare della rosa, non parlare del mare. Parla di
ciò che sai. Parla di ciò che vibra nel tuo midollo e dà luci e ombre al tuo
sguardo, parla del dolore incessante delle tue ossa, parla della
vertigine, parla della respirazione, della tua desolazione, del tuo
tradimento. È cosí buio, cosí muto il processo a cui mi costringo. Oh
parla del silenzio.
A un tratto posseduta da un funesto presentimento di un vento nero che
impedisce di respirare, ho cercato il ricordo di un’allegria che mi servisse da
scudo, o da arma di difesa, o perfino di offesa. Sembrava l’Ecclesiaste: ho
cercato in tutte le mie memorie e nulla, nulla sotto l’aurora dalle dita nere.
Il mio dovere (lo compio anche in sogno) è scongiurare ed esorcizzare. A che
ora è iniziata la disgrazia? Non voglio sapere. Non voglio altro che un
silenzio per me e per quelle che sono stata, un silenzio come la piccola
capanna che i bambini sperduti incontrano nel bosco. E io non so che ne sarà di
me se nulla rima con nulla.
Ti schianti. È l’incessante disperante, uguale eppure contraria alla
notte dei corpi dove appena un fontanile smette un altro appare che rinnova la
fine delle acque.
Senza il perdono delle acque non posso vivere. Senza il marmo
finale del cielo non posso morire.
In te è notte. Presto assisterai
all’animoso imbizzarrirsi dell’animale che sei. Cuore della notte,
parla.
Essersi ucciso in chi si era e in chi si amava, essersi e
non essersi rigirato come un cielo tormentoso e celeste nello stesso
tempo.
Avessi amato piú di questo e insieme nulla.
Va e viene dicendosi solo in solitario andirivieni. Un perdere a goccia
a goccia il senso dei giorni. Zimbelli di concetti. Trappole di vocali. La
ragione mi mostra l’uscita dello scenario dove eressero una chiesa sotto
la pioggia: la donna-lupa deposita il suo rampollo sulla soglia e fugge.
C’è una luce tristissima di candele assediate da un soffio maligno. Piange
la bimba lupa. Nessun dormiente la ode. Tutte le pesti e le piaghe per
quelli che dormono in pace.
Questa voce avida venuta da antichi gemiti. Ingenuamente esisti, ti
mascheri da piccola assassina, ti fai paura di fronte allo specchio.
Sprofondarmi nella terra e che la terra si chiuda su di me. Estasi
immobile. Tu sai che ti hanno umiliato anche quando ti mostravano il sole. Tu
sai che non saprai difenderti, mai, che desideri solo presentargli il trofeo,
voglio dire il tuo cadavere, e che se lo mangino, e se lo bevano.
Le dimore della consolazione, la consacrazione dell’innocenza,
l’allegria inaggettivabile del corpo.
Se a un tratto una pittura si anima e il bimbo fiorentino che guardi
ardentemente allunga una mano e ti invita a rimanere al suo fianco nella
terribile gioia di essere un oggetto da mirare e ammirare. No (dissi), per
essere due bisogna essere diversi. Io sto fuori della cornice ma il
modo di offrirsi è lo stesso.
Pagliuzze, pupazzi senza testa, io mi chiamo, io mi chiamo tutta la
notte. E nel mio sogno un carromatto da circo pieno di corsari morti nelle loro
bare. Un momento prima, con vesti bellissime e bende nere sull’occhio, i
capitani saltavano da un brigantino all’altro come onde, belli come soli.
Sicché ho sognato capitani e bare dai colori deliziosi e ora ho paura a
causa di tutte le cose che conservo, non uno scrigno di pirati, non un tesoro
ben sotterrato, ma ogni cosa in movimento, ogni piccola figura azzurra e
dorata gesticolante e danzante (ma dire non dicono), e poi c’è lo spazio
nero – lasciati cadere, lasciati cadere –, soglia della piú alta innocenza o
forse soltanto della follia. Comprendo la mia paura di una ribellione delle
piccole figure azzurre e dorate. Anima divisa, anima condivisa, ho vagato ed
errato tanto per fondare unioni con il bimbo dipinto quale oggetto da
contemplare, e ciò nonostante, dopo aver analizzato i colori e le forme,
mi sono ritrovata a fare l’amore con un fanciullo vivente nello stesso momento
in cui quello del quadro si svestiva e mi possedeva dietro le mie palpebre
chiuse.
Sorride e io sono una minuscola marionetta rosa con un parapioggia
celeste io entro per il suo sorriso, io faccio la mia casetta sulla sua lingua
io abito sul palmo della sua mano chiude le dita un pulviscolo dorato un po’ di
sangue addio oh addio.
Come una voce non lontana dalla notte arde il fuoco piú esatto.
Senza pelle né ossa vanno gli animali per il bosco fatto cenere. Una volta
il canto di un solo uccello ti aveva avvicinato al calore piú acuto. Mari
e diademi, mari e serpenti. Per favore, guarda come il piccolo teschio di cane
sospeso al soffitto dipinto di azzurro si dondola con foglie secche che gli
tremano intorno. Crepe e spiragli nella mia persona scappata da un incendio.
Scrivere è cercare nel tumulto dei bruciati l’osso del braccio
corrispondente all’osso della gamba. Miserabile mistura. Io restauro, io
ricostruisco, io cammino cosí circondata di morte. Ed è senza garbo, senza
aureola, senza tregua. E quella voce, quell’elegia a una causa prima: un grido,
un soffio, un respirare tra dèi. Io racconto la mia veglia. E tu che cosa puoi?
Esci dalla tua tana e non intendi. Ritorni a essa e già non importa
intendere o no. Torni a uscire e non intendi. Non c’è modo di respirare e
tu parli del soffio degli dèi.
Non parlarmi del sole perché morirei. Portami come una principessina
cieca, come quando lentamente e accuratamente si fa l’autunno in un giardino.
Verrai a me con la voce appena colorita da un accento che mi farà
evocare una porta aperta, con l’ombra di un uccello dal nome grazioso, con ciò
che quell’ombra lascia nella memoria, con ciò che permane quando spargono
le ceneri di una giovane morta, con i solchi che restano sulla pagina dopo
aver cancellato un disegno che rappresentava una casa, un albero, il sole e un
animale.
Se non è venuto è perché non è venuto. È come fare l’autunno. Nulla
aspettavi dalla sua venuta. Tutto aspettavi. Vita dell’ombra tua, che cosa
vuoi? Un trascorrere di festa delirante, un linguaggio senza limiti, un
naufragio nelle tue stesse acque, oh avara.
Ogni ora, ogni giorno, io vorrei non dover parlare. Figure di cera gli
altri e io soprattutto, che sono piú altra di loro. Nulla pretendo in questa
poesia se non sbrogliare la mia gola.
Svelta, la tua voce piú nascosta. Si trasmuta, ti trasmette. Tanto da
fare e io mi disfo. Ti scomunicano da te. Soffro, poi non so. Nel sogno il re
moriva d’amore per me. Qui, piccola mendicante, ti immunizzano. (E hai ancora
un viso da bambina; tra qualche anno sarai sgradita pure ai cani).
il mio corpo si apriva alla conoscenza del mio stare
e del mio essere confusi e diffusi
il mio corpo vibrava e respirava
secondo un canto ora dimenticato
io non ero ancora la fuggiasca dalla musica
io sapevo il luogo del tempo
e il tempo del luogo
nell’amore mi aprivo
e ritmavo i vecchi gesti dell’amante
erede della visione
di un giardino proibito
Quella che sognò, quella che fu sognata. Paesaggi prodigiosi per
l’infanzia piú fedele. In mancanza di ciò – che non è molto – la voce che
ingiuria ha ragione.
La tenebrosa luminosità dei sogni affogati. Acqua dolorosa.
Il sogno troppo tardi, i cavalli bianchi troppo tardi, l’essermene
andata con una melodia troppo tardi. La melodia tastava il mio cuore e io
piansi la perdita del mio unico bene, qualcuno mi vide piangere nel sogno e io
spiegai (nei limiti del possibile), con parole semplici (nei
limiti del possibile), parole buone e sicure (nei limiti del possibile).
Mi impadronii della mia persona, la strappai al bel delirio, la annientai
per rasserenare qualcuno che aveva il terrore che morissi in casa sua.
E io? Quanti ne ho salvati, io?
L’essermi prosternata alla sofferenza degli altri,
essermi ammutolita in onore degli altri.
Retrocedeva la mia rossa violenza elementare. Il sesso a fior di
cuore, la via dell’estasi tra le cosce. La mia violenza di venti rossi e di
venti neri. Le feste autentiche hanno luogo nel corpo e nei sogni.
Porte del cuore, cane bastonato, vedo un tempio, tremo, che c’è?
Nulla. Io presagivo una scrittura totale. L’animale palpitava tra le mie
braccia con voci di organi vivi, calore, cuore, respirazione, tutto
musicale e silenzioso nello stesso tempo. Che cosa significa tradursi in
parole? E i progetti di perfezione a lungo termine; misurare ogni giorno
l’eventuale innalzamento del mio spirito, la sparizione dei miei errori
grammaticali. Il mio sonno è un sogno senza alternative e voglio letteralmente
morire del luogo comune che assicura che morire è sognare. La luce, il
vino proibito, la vertigine, per chi scrivi? Rovine di un tempio dimenticato.
Se celebrare fosse possibile.
Visione luttosa, squarciata, di un giardino con statue rotte. Al filo
dell’alba le ossa ti dolevano. Tu ti squarci. Ti avverto e ti ho avvertito. Tu
ti disarmi. Te lo dico, te l’ho detto. Tu ti denudi. Ti spossessi. Ti
disunisci. Te l’ho predetto. A un tratto si è disfatta: nessuna nascita. Ti
porti, ti sopporti. Solamente tu sai di questo ritmo spezzato. Ora le tue spoglie,
raccoglierle a una a una, una gran seccatura, dove lasciarle. Se l’avessi avuta
vicina, avrei venduto la mia anima a patto di invisibilizzarmi. Ubriaca di me,
della musica, delle poesie, perché non ho detto del buco dell’assenza. In un
inno straccione rotolava il pianto sulla mia faccia. E perché non dite
niente? E a che scopo questo grande silenzio?
Traduz. Claudio Cinti
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