Qu'est-ce que le bonheur sinon l'accord vrai entre un
homme et l'existence qu'il mène ?
Noces (1938)
***
C'est parce que le monde
est malheureux dans son essence que nous devons faire quelque chose pour le
bonheur. C'est parce qu'il est injuste que nous devrons œuvrer pour la justice.
C'est parce qu'il est absurde, enfin, que nous devons lui donner ses raisons.
La Crise de l'homme (1946, in Conférences et Discours 1936-1958)
Albert Camus, The Human Crisis (1946)
*
Au bout de ces ténèbres, une lumière pourtant
est inévitable que nous devinons déjà et dont nous avons seulement à lutter
pour qu’elle soit. Par delà le nihilisme, nous tous, parmi les ruines,
préparons une renaissance.
L'Homme révolté (1951)
Al término de estas tinieblas es inevitable, sin embargo, una
luz que adivinamos ya y que sólo tenemos que luchar para que sea. Más allá del
nihilismo todos nosotros, entre las ruinas, preparamos un renacimiento. El
Hombre rebelde (1951)
At the end of this tunnel of darkness, however, there is
inevitably a light, which we already divine and for which we only have to fight
to ensure its coming. All of us, among the ruins, are preparing a renaissance
beyond the limits of nihilism.
The Rebel (1951)
*
Quand une guerre éclate, les gens disent
:"Ça ne durera pas, c'est trop bête." Et sans doute une guerre
est-elle certainement trop bête, mais cela ne l'empêche pas de durer. La bêtise
insiste toujours, on s'en apercevrait si l'on ne pensait pas toujours à soi.
La Peste (1947)
When a war breaks out, people say: "It's too stupid; it can't last long." But though the war may well be "too stupid," that doesn't prevent its lasting. Stupidity has a knack of getting its way; as we should see if we were not always so much wrapped up in ourselves.
The plague (1947)
*
La liberté n’est rien d’autre que la chance
d’être meilleur.
***
Odrá sorprender que el humor sea una virtud. Pero
es que todo lo que es serio es culpable con respecto a sí mismo. El humor nos
preserva de esta seriedad y además nos proporciona un placer que nos lo hace
estimable.
Si «la seriedad designa la situación intermedia
de un hombre equidistante entre la desesperación y la futilidad», como dice
Jankélevitch[558] hay que señalar que el humor, por el contrario, opta
decididamente por los dos extremos. El humor es la «urbanidad de la
desesperación», decía Vian, y la futilidad puede formar parte de ella. No es
educado darse aires. Es ridículo tomarse en serio. Carecer de humor es carecer
de humildad, es carecer de lucidez, es carecer de ligereza, es estar demasiado
engreído, demasiado engañado con respecto a uno mismo, es ser demasiado severo
o demasiado agresivo, es carecer, casi siempre, de generosidad, de dulzura, de
misericordia… Demasiada seriedad, incluso en la virtud, es algo sospechoso e
inquietante: por debajo debe de haber algún espejismo o algún fanatismo… Es
virtud engreída y, por lo tanto, falta de humor.
Sin embargo, no hay que exagerar la importancia
del humor. Un canalla puede tenerlo; un héroe puede carecer de él. Pero esto
ocurre, ya lo hemos visto, con la mayor parte de las virtudes y no prueba nada
contra el humor, excepto que éste no prueba nada. Y en el caso de que quisiera
probarlo, ¿seguiría siendo humor? Por decirlo de alguna manera, el humor es una
virtud anexa, o compuesta, es una virtud ligera, no esencial y en cierto
sentido extraña, ya que se burla de la moral, ya que se limita a ser extraña,
pero al mismo tiempo es una cualidad importante y valiosa. Es cierto que un
hombre de bien puede carecer de ella, pero, en ese caso, la opinión favorable,
incluso moral, que tengamos de él, se verá atenuada. Un santo sin humor es un
pobre santo. Y un sabio sin humor ¿sería realmente un sabio? El ingenio es
aquello que se burla de todo, decía Alain[559], y por eso el humor forma parte,
con pleno derecho, de la inteligencia.
Eso no impide que seamos serios en lo que se
refiere al otro, a nuestras obligaciones para con él, a nuestros compromisos, a
nuestras responsabilidades, ni en lo que se refiere a la dirección de nuestra
propia existencia. Pero impide que nos dejemos engañar respecto a nosotros
mismos o que estemos demasiado satisfechos. Vanidad de vanidades: al
Eclesiastés sólo le faltó un poco de humor para decir lo esencial. Un poco de
humor y un poco de amor, es decir, un poco de alegría. Incluso sin razón,
incluso contra la razón. Entre la desesperación y la futilidad, la virtud no se
encuentra tanto en el término medio como en la capacidad de abarcar, con una
misma mirada o con una misma sonrisa, cada uno de estos dos extremos entre los
que vivimos y evolucionamos, y que se unen en el humor. ¿Hay algo que no sea
desesperante para una mirada lúcida? ¿Hay algo que no sea fútil para una mirada
desesperada? Pero eso no impide que nos riamos de ello, e incluso que sea lo
mejor que podemos hacer. ¿De qué valdría el amor sin la alegría? ¿De qué
valdría la alegría sin el humor?
La lucidez nos enseña que todo lo que no es
trágico es irrisorio. Y el humor añade, con una sonrisa, que no es ninguna
tragedia…
La verdad del humor es ésta: la situación es
desesperada, pero no grave.
La tradición opone la risa de Demócrito a las
lágrimas de Heráclito: «Demócrito y Heráclito —recuerda Montaigne— fueron dos
filósofos, pero mientras que el primero, al encontrar vana y ridícula la
condición humana, siempre aparecía en público con el semblante burlón y
risueño, el segundo, que sentía piedad y compasión por esta misma condición,
siempre tenía el semblante triste y los ojos llenos de lágrimas…». Es cierto
que no nos faltan razones para reír o llorar. ¿Pero qué actitud es más
conveniente? La realidad no decide, porque no ríe ni llora. Lo cual no quiere
decir que tengamos la posibilidad de elegir, o al menos no quiere decir que la
elección dependa de nosotros. Yo diría más bien que ésta nos constituye, que
todos oscilamos entre los dos polos, entre la risa y el llanto, unos más
inclinados al llanto y otros a la risa… ¿Tristeza frente a alegría? No es tan
simple. Montaigne, que tenía sus momentos de tristeza, de abatimiento, de
hastío, prefiere sin embargo a Demócrito: «Yo prefiero el humor —explica—, pero
no porque sea más agradable reír que llorar, sino porque el humor es más
desdeñoso y nos condena más que el llanto; y me parece que nunca seremos tan
despreciados como nos lo merecemos». ¿Llorar? ¡Sería tomarse demasiado en
serio! Más vale reír: «No pienso en absoluto que en nosotros haya tanta
tristeza como vanidad, ni tanta malicia como estupidez.[…] Nuestra propia y
peculiar condición es tan ridícula como risible. ¿Para qué lamentarse por tan
poco (por ese poco que somos)? ¿Para qué odiarse («lo que odiamos nos lo
tomamos muy en serio») cuando basta con reír?
Pero hay risas y risas, y aquí es necesario
distinguir entre el humor y la ironía. La ironía no es una virtud, es un arma,
dirigida, casi siempre, contra el otro. Es la risa malvada, sarcástica y
destructora, es la risa de la burla, la risa que hiere, la que puede matar, es
la risa a la que Spinoza renuncia («non ridere, non lugere, neque detestari,
sed intelligere»), es la risa del odio, es la risa del combate. ¿Es útil? ¡Por
supuesto que lo es cuando hace falta! ¿Qué arma no lo es? Pero ningún arma es
la paz, ni ninguna ironía es humor. El lenguaje puede engañar. Nuestros
humoristas, como se les llama, o como ellos mismos se llaman, por lo general
sólo son ironistas, o satíricos, y no hay duda de que son necesarios. Pero los
mejores mezclan los dos géneros: Bedos es ironista cuando habla de la derecha,
humorista cuando habla de la izquierda y puro humorista cuando habla de sí
mismo y de todos nosotros. ¡Qué tristeza si sólo se pudiera reír contra algo o
alguien! ¡Y qué seriedad si sólo pudiéramos reímos de los otros! La ironía es
precisamente eso: es una risa que se toma en serio, es una risa que se burla,
pero no de uno mismo, sino del otro. Cuando se vuelve contra el «yo» (es lo que
se llama la autoironía), se vuelve extraña y nefasta. La ironía desprecia,
acusa, condena… Se toma en serio, y sólo pone en duda la seriedad del otro,
corriendo el riesgo, como vio muy bien Kierkegaard, de «hablar de sí como si de
una tercera persona se tratara», lo cual ha destrozado a más de una gran mente.
¿Es esto humildad? En absoluto. ¡Hay que tomarse muy en serio para burlarse de
los otros! ¡Hay que ser muy orgulloso para despreciarse a uno mismo! La ironía
es esa seriedad a los ojos de la cual todo es ridículo. La ironía es esa
mediocridad a los ojos de la cual todo es mediocre.
Rilke dio un remedio contra la ironía: «Llegad
hasta las profundidades: la ironía no puede descender hasta allí». Del humor no
se puede decir lo mismo: ésa es la primera diferencia entre ambos. La segunda,
la más significativa, obedece a la reflexividad del humor, a su interioridad, a
lo que podría llamarse su inmanencia. La ironía se ríe del otro (o de sí mismo,
en la autoironía, como si fuera otro); el humor se ríe de sí mismo, o se ríe
del otro como de sí mismo, y, en todo caso, se incluye siempre en el sinsentido
que instaura o desvela. Eso no quiere decir que el humorista no se tome nada en
serio (el humor no es frivolidad), sino que, sencillamente, se niega a tomarse
en serio a sí mismo, incluida su risa o su angustia. La ironía trata de hacerse
valer, como dice Kierkegaard; el humor trata de anularse. El humor no podría
ser permanente ni erigirse en sistema, porque entonces sólo sería una defensa como
cualquier otra y ya no sería humor. Nuestra época lo pervierte a fuerza de
celebrarlo. ¿Hay algo más triste que cultivarlo por sí mismo, que hacer de él
un medio de seducción o un monumento a la gloria del narcisismo? Admito que se
haga de él un oficio, ya que es necesario ganarse la vida. ¿Pero una religión?
¿Pero una pretensión? Eso es traicionar al humor y carecer de él.
Cuando el humor es fiel a sí mismo, conduce más
bien a la humildad. No hay orgullo sin seriedad, ni seriedad, en el fondo, sin
orgullo. El humor alcanza a este último destrozando a la primera. Por eso es
esencial para el humor ser reflexivo o al menos englobarse en la risa que
ocasiona, o en la sonrisa, incluso amarga, que suscita. No es tanto un problema
de contenido como de estado de ánimo. Una misma fórmula, o una misma broma,
puede cambiar de naturaleza según la disposición de quien la enuncie: lo que
será ironía en uno, al excluirse, podrá ser humor en otro, al incluirse en
ella. Aristófanes es irónico en Las nubes cuando se burla de Sócrates. Pero
Sócrates (gran ironista por otra parte) da prueba de humor cuando, al asistir a
la representación, se ríe con todas sus ganas con los demás. Por supuesto los
dos registros pueden mezclarse, hasta el punto de llegar a ser indisociables, indiscernibles,
si no es por el tono o el contexto. Así, cuando Groucho Marx declara: «He
pasado una velada maravillosa, pero no era ésta». Si se lo dice a la dueña de
la casa después de una velada aburrida, será más bien una ironía, pero si se lo
dice al público al final de uno de sus espectáculos, será más bien humor. Pero
puede añadirse el humor, en el primer caso, si Groucho Marx asume su parte de
responsabilidad en el fracaso de la velada, e ironía en el segundo, si el
público, a veces ocurre, careciera de talento… Se pueden hacer bromas acerca de
todo: acerca del fracaso, de la guerra, de la muerte, del amor, de la
enfermedad, de la tortura… Pero es necesario que esta risa añada un poco de
alegría, un poco de dulzura o de ligereza a la miseria del mundo, y que no
añada más odio, sufrimiento o desprecio. Se puede reír acerca de todo, pero
según y cómo. Un chiste acerca de los judíos nunca será humorístico en boca de
un antisemita. La risa no lo es todo, y tampoco disculpa nada. Por lo demás,
tratándose de males que se pueden impedir o combatir, seríamos culpables si nos
contentáramos con bromear sobre ellos. El humor no hace las veces de la acción,
y la insensibilidad, en lo que concierne al sufrimiento ajeno, es una falta.
Pero también seríamos culpables, tanto en la acción como en la inacción, si nos
tomáramos demasiado en serio nuestros buenos sentimientos, nuestras propias
angustias, nuestras propias rebeliones, nuestras propias virtudes. La lucidez
bien entendida comienza por nosotros mismos. De ahí que el humor pueda hacemos
reír de todo a condición de que en primer lugar nos riamos de nosotros mismos.
«De lo único que me quejo —dice Woody Allen— es
de no ser otro». Pero al decir eso se está aceptando. El humor es una conducta
de duelo (se trata de aceptar incluso lo que nos hace sufrir), y en eso se
diferencia de nuevo de la ironía, que sería más bien asesina.
La ironía hiere; el humor cura. La ironía puede matar; el
humor ayuda a vivir. La ironía quiere dominar; el humor libera. La ironía es
despiadada; el humor es misericordioso. La ironía es humillante; el humor es
humilde.
Pero el humor no está sólo al servicio de la
humildad. También tiene valor por sí mismo: transforma la tristeza en alegría
(por tanto transforma el odio en amor o en misericordia, diría Spinoza), la
desilusión en comicidad, la desesperación en felicidad… Desactiva la seriedad,
pero también, y por eso mismo, el odio, la cólera, el resentimiento, el
fanatismo, el espíritu de sistema, la mortificación e incluso la ironía.
Debemos reírnos de nosotros mismos, pero sin odio. O de todo, pero sólo en la
medida en que formemos parte de ese todo y lo aceptemos. La ironía dice no (con
frecuencia simulando decir sí); el humor dice sí, sí a pesar de todo, dice sí
incluso a todo lo que el humorista, como individuo, es incapaz de aceptar. En
la ironía casi siempre hay duplicidad (no hay ironía sin fingimiento, sin una
parte de mala fe); en el humor nunca (¿un humor con mala fe seguiría siendo
humor?). En el humor hay una ambivalencia, una contradicción, una división,
pero asumidas, aceptadas, superadas de alguna forma. Lo vemos en Pierre
Desproges anunciando su cáncer: «¡Si llegas a estar más canceroso que yo, te
mueres!». En Woody Allen escenificando sus angustias, sus fracasos, sus
síntomas…
En Pierre Dac confrontado a la condición humana: «A la triple
y eterna pregunta siempre carente de respuesta: ¿Quiénes somos? ¿De dónde
venimos? ¿Adónde vamos?», yo respondo: «En lo que a mí respecta, yo soy yo,
vengo de mi casa y vuelvo a ella».
En otro lugar he señalado que no existe filosofía cómica: no
hay duda de que esto es un límite para la risa (porque no podría hacer las
veces de pensamiento); pero también lo es para la filosofía, porque no puede
hacer las veces ni de la risa, ni de la alegría, y tampoco de la sabiduría.
Tristeza de los sistemas, ¡seriedad aplastante del concepto cuando es engreído!
Un poco de humor puede preservamos de esto, como vemos en Montaigne y en Hume,
como no vemos ni en Kant ni en Hegel. Ya he citado la famosa fórmula de Spinoza:
«No hay que burlarse, no hay que deplorar, no hay que maldecir, hay que
comprender». De acuerdo. ¿Pero en el caso de que no haya nada que comprender?
Entonces nos queda la risa, no contra algo o alguien (ironía), sino de algo o
alguien, sino con algo o alguien, sino en algo o alguien (humor). Estamos
embarcados, pero no tenemos barco: entonces más vale reír que llorar. Es la
sabiduría de Shakespeare y la sabiduría de Montaigne, que en el fondo es la
misma y la verdadera.
El humor es el «triunfo del narcisismo», escribe
curiosamente Freud. Pero para comprobar enseguida que es a costa del propio
«yo», puesto en su sitio, de alguna forma, por el super-yo». ¡Es el triunfo del
narcisismo (ya que el «yo» se afirma victoriosamente y acaba por disfrutar de
eso mismo que le ofende, y que le supera), pero sobre el narcisismo! Es el
«triunfo del principio de placer», sigue escribiendo Freud. Pero un triunfo que
sólo es posible a condición de aceptar, aunque sea para reírse de ella, la
realidad tal y como es, tal y como sigue siendo. El humor parece decir: «¡Mira!
¡Éste es el mundo que te parece tan peligroso! Es como un juego de niños, así
que ¡lo mejor es tomárselo a broma!». El «hecho de desmentir la realidad», como
dice Freud, sólo es humorístico a condición de desmentirnos también a nosotros
mismos (sin lo cual el desmentir la realidad ya no sería humor, sino locura), a
condición, pues, de reconocer esta realidad de la que nos burlamos, o que
tomamos a broma. Lo vemos en ese condenado a muerte a quien llevan a la horca
un lunes, y exclama: «¡Comenzamos bien la semana!». En el humor hay valentía,
grandeza y generosidad. Es como si, gracias a él, el «yo» se liberara de sí
mismo. «El humor no sólo tiene algo de liberador —señala Freud—, sino también
algo de sublime y elevado», en eso se diferencia de otras formas de comicidad y
linda con la virtud.
En esto se diferencia también el humor de la
ironía, que más bien rebaja, que nunca es sublime, que nunca es generosa. «La
ironía es una manifestación de la avaricia —escribe Bobien—, una crispación de
la inteligencia, que aprieta los dientes antes de decir una sola palabra de
alabanza. El humor, por el contrario, es una manifestación de la generosidad:
sonreírse de lo que uno ama es amar dos veces más». ¿Dos veces más? No sé.
Digamos que es amarlo mejor, con mucha más ligereza, mucha más inteligencia,
mucha más libertad. La ironía, por el contrario, sólo sabe odiar, criticar,
despreciar. Dominique Noguez quizá exagere un poco, pero señala la dirección
correcta cuando resume la oposición del humor y la ironía en sólo algunas
líneas, y sobre todo en la fórmula final: «El humor y la ironía se fundamentan
idénticamente en una no-coincidencia del lenguaje y la realidad, pero mientras
que en el primer caso es sentida afectuosamente como un saludo fraternal a la
cosa o a la persona designada, en el segundo, por el contrario, es sentida como
la manifestación de una oposición escandalizada, despreciativa y rencorosa. El
humor es amor; la ironía es desprecio». En cualquier caso, no hay humor sin un
mínimo de simpatía, y Kierkegaard lo vio: «Precisamente porque el humor encubre
siempre un dolor oculto, implica también una simpatía de la que carece la
ironía…» Simpatía en el dolor, simpatía en el desamparo, simpatía en la
fragilidad, en la angustia, en la vanidad, en la insignificancia universal de
todo… El humor tiene que ver con el absurdo, con el nonsense, como dicen los
anglófonos, con la desesperación. Lo cual no quiere decir que un discurso
absurdo sea siempre gracioso, ni siquiera (si se entiende como absurdo algo que
no signifique nada) que pueda serlo. Al contrario, sólo es posible reírse del
sentido. Pero todo sentido, inversamente, no es gracioso, y la mayoría
evidentemente no lo son. La risa no nace ni del sentido ni del sin sentido,
sino del paso del uno al otro. Hay humor cuando el sentido vacila, cuando se
muestra a punto de anularse en el gesto evanescente (pero como suspendido en el
aire, como cogido al vuelo por la risa) de su aparición-desaparición. Por
ejemplo, cuando Groucho Marx, tomando el pulso a un enfermo, declara: «O se me
ha parado el reloj, o este hombre está muerto». No hay duda de que esta frase
significa algo, y precisamente es graciosa porque tiene sentido. Pero el
sentido que tiene no es ni posible (a no ser de forma abstracta) ni plausible:
el sentido se anula en el preciso momento en que aparece, o más bien sólo
aparece (porque si se anulara totalmente no nos reiríamos) a punto de anularse.
El humor es un temblor de sentido, una vacilación de sentido, a veces una
explosión de sentido, siempre breve, un movimiento, un proceso, pero
concentrado, condensado, que puede permanecer más o menos próximo a su origen
(la seriedad del sentido) o, por el contrario, aproximarse a su salida natural
(lo absurdo del sin sentido), y acentuar así, como todo el mundo puede
observar, este o aquel de sus infinitos matices o modulaciones. Pero el humor
siempre estará en el intervalo, en ese brusco movimiento (captado en el camino,
como fijado en el instante) entre sentido y sin sentido. Demasiado sentido no
es todavía humor (a menudo será ironía); demasiado poco ya no lo es (sólo es
absurdo). Aquí volvemos a encontrar un término medio casi aristotélico: el
humor no es ni la seriedad (para la que todo tiene sentido) ni la frivolidad
(para la que nada lo tiene). Pero es un término medio inestable, equívoco, o
contradictorio, que desvela lo que toda seriedad tiene de frívolo y lo que toda
frivolidad tiene de serio. El hombre con humor, diría Aristóteles, ríe como se
debe (ni demasiado mucho ni demasiado poco), cuando se debe y de lo que se
debe… Pero sólo el humor decide sobre todo esto, porque puede reírse de todo,
incluso de Aristóteles, del término medio y del humor…
Nos reiremos mucho mejor, o el humor será más
profundo, en la medida en que el sentido afecte a las zonas más importantes de
nuestra vida, o en la medida en que arrastre con él, o haga vacilar, a
superficies más vastas de nuestros significados, de nuestras creencias, de
nuestros valores, de nuestras ilusiones, digamos de nuestra seriedad.
via fb, Piero Dal
Bon
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