Georgien 2008

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entre sentido y sin sentido






Qu'est-ce que le bonheur sinon l'accord vrai entre un homme et l'existence qu'il mène ?
Noces (1938)

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C'est parce que le monde est malheureux dans son essence que nous devons faire quelque chose pour le bonheur. C'est parce qu'il est injuste que nous devrons œuvrer pour la justice. C'est parce qu'il est absurde, enfin, que nous devons lui donner ses raisons. 


La Crise de l'homme (1946, in Conférences et Discours 1936-1958)


Because the world is, by essence, unhappy, we need to create some happiness; because the world is unjust we need to work towards justice; and because the world is absurd, we must give it every meaning.
Albert Camus, The Human Crisis (1946)

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Au bout de ces ténèbres, une lumière pourtant est inévitable que nous devinons déjà et dont nous avons seulement à lutter pour qu’elle soit. Par delà le nihilisme, nous tous, parmi les ruines, préparons une renaissance.

L'Homme révolté (1951)


Al término de estas tinieblas es inevitable, sin embargo, una luz que adivinamos ya y que sólo tenemos que luchar para que sea. Más allá del nihilismo todos nosotros, entre las ruinas, preparamos un renacimiento. El Hombre rebelde (1951)


At the end of this tunnel of darkness, however, there is inevitably a light, which we already divine and for which we only have to fight to ensure its coming. All of us, among the ruins, are preparing a renaissance beyond the limits of nihilism. 
The Rebel (1951)



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Quand une guerre éclate, les gens disent :"Ça ne durera pas, c'est trop bête." Et sans doute une guerre est-elle certainement trop bête, mais cela ne l'empêche pas de durer. La bêtise insiste toujours, on s'en apercevrait si l'on ne pensait pas toujours à soi.
La Peste (1947)

When a war breaks out, people say: "It's too stupid; it can't last long." But though the war may well be "too stupid," that doesn't prevent its lasting. Stupidity has a knack of getting its way; as we should see if we were not always so much wrapped up in ourselves.

The plague (1947)

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La liberté n’est rien d’autre que la chance d’être meilleur.











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Odrá sorprender que el humor sea una virtud. Pero es que todo lo que es serio es culpable con respecto a sí mismo. El humor nos preserva de esta seriedad y además nos proporciona un placer que nos lo hace estimable.

Si «la seriedad designa la situación intermedia de un hombre equidistante entre la desesperación y la futilidad», como dice Jankélevitch[558] hay que señalar que el humor, por el contrario, opta decididamente por los dos extremos. El humor es la «urbanidad de la desesperación», decía Vian, y la futilidad puede formar parte de ella. No es educado darse aires. Es ridículo tomarse en serio. Carecer de humor es carecer de humildad, es carecer de lucidez, es carecer de ligereza, es estar demasiado engreído, demasiado engañado con respecto a uno mismo, es ser demasiado severo o demasiado agresivo, es carecer, casi siempre, de generosidad, de dulzura, de misericordia… Demasiada seriedad, incluso en la virtud, es algo sospechoso e inquietante: por debajo debe de haber algún espejismo o algún fanatismo… Es virtud engreída y, por lo tanto, falta de humor.

Sin embargo, no hay que exagerar la importancia del humor. Un canalla puede tenerlo; un héroe puede carecer de él. Pero esto ocurre, ya lo hemos visto, con la mayor parte de las virtudes y no prueba nada contra el humor, excepto que éste no prueba nada. Y en el caso de que quisiera probarlo, ¿seguiría siendo humor? Por decirlo de alguna manera, el humor es una virtud anexa, o compuesta, es una virtud ligera, no esencial y en cierto sentido extraña, ya que se burla de la moral, ya que se limita a ser extraña, pero al mismo tiempo es una cualidad importante y valiosa. Es cierto que un hombre de bien puede carecer de ella, pero, en ese caso, la opinión favorable, incluso moral, que tengamos de él, se verá atenuada. Un santo sin humor es un pobre santo. Y un sabio sin humor ¿sería realmente un sabio? El ingenio es aquello que se burla de todo, decía Alain[559], y por eso el humor forma parte, con pleno derecho, de la inteligencia.

Eso no impide que seamos serios en lo que se refiere al otro, a nuestras obligaciones para con él, a nuestros compromisos, a nuestras responsabilidades, ni en lo que se refiere a la dirección de nuestra propia existencia. Pero impide que nos dejemos engañar respecto a nosotros mismos o que estemos demasiado satisfechos. Vanidad de vanidades: al Eclesiastés sólo le faltó un poco de humor para decir lo esencial. Un poco de humor y un poco de amor, es decir, un poco de alegría. Incluso sin razón, incluso contra la razón. Entre la desesperación y la futilidad, la virtud no se encuentra tanto en el término medio como en la capacidad de abarcar, con una misma mirada o con una misma sonrisa, cada uno de estos dos extremos entre los que vivimos y evolucionamos, y que se unen en el humor. ¿Hay algo que no sea desesperante para una mirada lúcida? ¿Hay algo que no sea fútil para una mirada desesperada? Pero eso no impide que nos riamos de ello, e incluso que sea lo mejor que podemos hacer. ¿De qué valdría el amor sin la alegría? ¿De qué valdría la alegría sin el humor?

La lucidez nos enseña que todo lo que no es trágico es irrisorio. Y el humor añade, con una sonrisa, que no es ninguna tragedia…
La verdad del humor es ésta: la situación es desesperada, pero no grave.
La tradición opone la risa de Demócrito a las lágrimas de Heráclito: «Demócrito y Heráclito —recuerda Montaigne— fueron dos filósofos, pero mientras que el primero, al encontrar vana y ridícula la condición humana, siempre aparecía en público con el semblante burlón y risueño, el segundo, que sentía piedad y compasión por esta misma condición, siempre tenía el semblante triste y los ojos llenos de lágrimas…». Es cierto que no nos faltan razones para reír o llorar. ¿Pero qué actitud es más conveniente? La realidad no decide, porque no ríe ni llora. Lo cual no quiere decir que tengamos la posibilidad de elegir, o al menos no quiere decir que la elección dependa de nosotros. Yo diría más bien que ésta nos constituye, que todos oscilamos entre los dos polos, entre la risa y el llanto, unos más inclinados al llanto y otros a la risa… ¿Tristeza frente a alegría? No es tan simple. Montaigne, que tenía sus momentos de tristeza, de abatimiento, de hastío, prefiere sin embargo a Demócrito: «Yo prefiero el humor —explica—, pero no porque sea más agradable reír que llorar, sino porque el humor es más desdeñoso y nos condena más que el llanto; y me parece que nunca seremos tan despreciados como nos lo merecemos». ¿Llorar? ¡Sería tomarse demasiado en serio! Más vale reír: «No pienso en absoluto que en nosotros haya tanta tristeza como vanidad, ni tanta malicia como estupidez.[…] Nuestra propia y peculiar condición es tan ridícula como risible. ¿Para qué lamentarse por tan poco (por ese poco que somos)? ¿Para qué odiarse («lo que odiamos nos lo tomamos muy en serio») cuando basta con reír?
Pero hay risas y risas, y aquí es necesario distinguir entre el humor y la ironía. La ironía no es una virtud, es un arma, dirigida, casi siempre, contra el otro. Es la risa malvada, sarcástica y destructora, es la risa de la burla, la risa que hiere, la que puede matar, es la risa a la que Spinoza renuncia («non ridere, non lugere, neque detestari, sed intelligere»), es la risa del odio, es la risa del combate. ¿Es útil? ¡Por supuesto que lo es cuando hace falta! ¿Qué arma no lo es? Pero ningún arma es la paz, ni ninguna ironía es humor. El lenguaje puede engañar. Nuestros humoristas, como se les llama, o como ellos mismos se llaman, por lo general sólo son ironistas, o satíricos, y no hay duda de que son necesarios. Pero los mejores mezclan los dos géneros: Bedos es ironista cuando habla de la derecha, humorista cuando habla de la izquierda y puro humorista cuando habla de sí mismo y de todos nosotros. ¡Qué tristeza si sólo se pudiera reír contra algo o alguien! ¡Y qué seriedad si sólo pudiéramos reímos de los otros! La ironía es precisamente eso: es una risa que se toma en serio, es una risa que se burla, pero no de uno mismo, sino del otro. Cuando se vuelve contra el «yo» (es lo que se llama la autoironía), se vuelve extraña y nefasta. La ironía desprecia, acusa, condena… Se toma en serio, y sólo pone en duda la seriedad del otro, corriendo el riesgo, como vio muy bien Kierkegaard, de «hablar de sí como si de una tercera persona se tratara», lo cual ha destrozado a más de una gran mente. ¿Es esto humildad? En absoluto. ¡Hay que tomarse muy en serio para burlarse de los otros! ¡Hay que ser muy orgulloso para despreciarse a uno mismo! La ironía es esa seriedad a los ojos de la cual todo es ridículo. La ironía es esa mediocridad a los ojos de la cual todo es mediocre.
Rilke dio un remedio contra la ironía: «Llegad hasta las profundidades: la ironía no puede descender hasta allí». Del humor no se puede decir lo mismo: ésa es la primera diferencia entre ambos. La segunda, la más significativa, obedece a la reflexividad del humor, a su interioridad, a lo que podría llamarse su inmanencia. La ironía se ríe del otro (o de sí mismo, en la autoironía, como si fuera otro); el humor se ríe de sí mismo, o se ríe del otro como de sí mismo, y, en todo caso, se incluye siempre en el sinsentido que instaura o desvela. Eso no quiere decir que el humorista no se tome nada en serio (el humor no es frivolidad), sino que, sencillamente, se niega a tomarse en serio a sí mismo, incluida su risa o su angustia. La ironía trata de hacerse valer, como dice Kierkegaard; el humor trata de anularse. El humor no podría ser permanente ni erigirse en sistema, porque entonces sólo sería una defensa como cualquier otra y ya no sería humor. Nuestra época lo pervierte a fuerza de celebrarlo. ¿Hay algo más triste que cultivarlo por sí mismo, que hacer de él un medio de seducción o un monumento a la gloria del narcisismo? Admito que se haga de él un oficio, ya que es necesario ganarse la vida. ¿Pero una religión? ¿Pero una pretensión? Eso es traicionar al humor y carecer de él.
Cuando el humor es fiel a sí mismo, conduce más bien a la humildad. No hay orgullo sin seriedad, ni seriedad, en el fondo, sin orgullo. El humor alcanza a este último destrozando a la primera. Por eso es esencial para el humor ser reflexivo o al menos englobarse en la risa que ocasiona, o en la sonrisa, incluso amarga, que suscita. No es tanto un problema de contenido como de estado de ánimo. Una misma fórmula, o una misma broma, puede cambiar de naturaleza según la disposición de quien la enuncie: lo que será ironía en uno, al excluirse, podrá ser humor en otro, al incluirse en ella. Aristófanes es irónico en Las nubes cuando se burla de Sócrates. Pero Sócrates (gran ironista por otra parte) da prueba de humor cuando, al asistir a la representación, se ríe con todas sus ganas con los demás. Por supuesto los dos registros pueden mezclarse, hasta el punto de llegar a ser indisociables, indiscernibles, si no es por el tono o el contexto. Así, cuando Groucho Marx declara: «He pasado una velada maravillosa, pero no era ésta». Si se lo dice a la dueña de la casa después de una velada aburrida, será más bien una ironía, pero si se lo dice al público al final de uno de sus espectáculos, será más bien humor. Pero puede añadirse el humor, en el primer caso, si Groucho Marx asume su parte de responsabilidad en el fracaso de la velada, e ironía en el segundo, si el público, a veces ocurre, careciera de talento… Se pueden hacer bromas acerca de todo: acerca del fracaso, de la guerra, de la muerte, del amor, de la enfermedad, de la tortura… Pero es necesario que esta risa añada un poco de alegría, un poco de dulzura o de ligereza a la miseria del mundo, y que no añada más odio, sufrimiento o desprecio. Se puede reír acerca de todo, pero según y cómo. Un chiste acerca de los judíos nunca será humorístico en boca de un antisemita. La risa no lo es todo, y tampoco disculpa nada. Por lo demás, tratándose de males que se pueden impedir o combatir, seríamos culpables si nos contentáramos con bromear sobre ellos. El humor no hace las veces de la acción, y la insensibilidad, en lo que concierne al sufrimiento ajeno, es una falta. Pero también seríamos culpables, tanto en la acción como en la inacción, si nos tomáramos demasiado en serio nuestros buenos sentimientos, nuestras propias angustias, nuestras propias rebeliones, nuestras propias virtudes. La lucidez bien entendida comienza por nosotros mismos. De ahí que el humor pueda hacemos reír de todo a condición de que en primer lugar nos riamos de nosotros mismos.
«De lo único que me quejo —dice Woody Allen— es de no ser otro». Pero al decir eso se está aceptando. El humor es una conducta de duelo (se trata de aceptar incluso lo que nos hace sufrir), y en eso se diferencia de nuevo de la ironía, que sería más bien asesina.

La ironía hiere; el humor cura. La ironía puede matar; el humor ayuda a vivir. La ironía quiere dominar; el humor libera. La ironía es despiadada; el humor es misericordioso. La ironía es humillante; el humor es humilde.

Pero el humor no está sólo al servicio de la humildad. También tiene valor por sí mismo: transforma la tristeza en alegría (por tanto transforma el odio en amor o en misericordia, diría Spinoza), la desilusión en comicidad, la desesperación en felicidad… Desactiva la seriedad, pero también, y por eso mismo, el odio, la cólera, el resentimiento, el fanatismo, el espíritu de sistema, la mortificación e incluso la ironía. Debemos reírnos de nosotros mismos, pero sin odio. O de todo, pero sólo en la medida en que formemos parte de ese todo y lo aceptemos. La ironía dice no (con frecuencia simulando decir sí); el humor dice sí, sí a pesar de todo, dice sí incluso a todo lo que el humorista, como individuo, es incapaz de aceptar. En la ironía casi siempre hay duplicidad (no hay ironía sin fingimiento, sin una parte de mala fe); en el humor nunca (¿un humor con mala fe seguiría siendo humor?). En el humor hay una ambivalencia, una contradicción, una división, pero asumidas, aceptadas, superadas de alguna forma. Lo vemos en Pierre Desproges anunciando su cáncer: «¡Si llegas a estar más canceroso que yo, te mueres!». En Woody Allen escenificando sus angustias, sus fracasos, sus síntomas…

En Pierre Dac confrontado a la condición humana: «A la triple y eterna pregunta siempre carente de respuesta: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos?», yo respondo: «En lo que a mí respecta, yo soy yo, vengo de mi casa y vuelvo a ella».
En otro lugar he señalado que no existe filosofía cómica: no hay duda de que esto es un límite para la risa (porque no podría hacer las veces de pensamiento); pero también lo es para la filosofía, porque no puede hacer las veces ni de la risa, ni de la alegría, y tampoco de la sabiduría. Tristeza de los sistemas, ¡seriedad aplastante del concepto cuando es engreído! Un poco de humor puede preservamos de esto, como vemos en Montaigne y en Hume, como no vemos ni en Kant ni en Hegel. Ya he citado la famosa fórmula de Spinoza: «No hay que burlarse, no hay que deplorar, no hay que maldecir, hay que comprender». De acuerdo. ¿Pero en el caso de que no haya nada que comprender? Entonces nos queda la risa, no contra algo o alguien (ironía), sino de algo o alguien, sino con algo o alguien, sino en algo o alguien (humor). Estamos embarcados, pero no tenemos barco: entonces más vale reír que llorar. Es la sabiduría de Shakespeare y la sabiduría de Montaigne, que en el fondo es la misma y la verdadera.

El humor es el «triunfo del narcisismo», escribe curiosamente Freud. Pero para comprobar enseguida que es a costa del propio «yo», puesto en su sitio, de alguna forma, por el super-yo». ¡Es el triunfo del narcisismo (ya que el «yo» se afirma victoriosamente y acaba por disfrutar de eso mismo que le ofende, y que le supera), pero sobre el narcisismo! Es el «triunfo del principio de placer», sigue escribiendo Freud. Pero un triunfo que sólo es posible a condición de aceptar, aunque sea para reírse de ella, la realidad tal y como es, tal y como sigue siendo. El humor parece decir: «¡Mira! ¡Éste es el mundo que te parece tan peligroso! Es como un juego de niños, así que ¡lo mejor es tomárselo a broma!». El «hecho de desmentir la realidad», como dice Freud, sólo es humorístico a condición de desmentirnos también a nosotros mismos (sin lo cual el desmentir la realidad ya no sería humor, sino locura), a condición, pues, de reconocer esta realidad de la que nos burlamos, o que tomamos a broma. Lo vemos en ese condenado a muerte a quien llevan a la horca un lunes, y exclama: «¡Comenzamos bien la semana!». En el humor hay valentía, grandeza y generosidad. Es como si, gracias a él, el «yo» se liberara de sí mismo. «El humor no sólo tiene algo de liberador —señala Freud—, sino también algo de sublime y elevado», en eso se diferencia de otras formas de comicidad y linda con la virtud.

En esto se diferencia también el humor de la ironía, que más bien rebaja, que nunca es sublime, que nunca es generosa. «La ironía es una manifestación de la avaricia —escribe Bobien—, una crispación de la inteligencia, que aprieta los dientes antes de decir una sola palabra de alabanza. El humor, por el contrario, es una manifestación de la generosidad: sonreírse de lo que uno ama es amar dos veces más». ¿Dos veces más? No sé. Digamos que es amarlo mejor, con mucha más ligereza, mucha más inteligencia, mucha más libertad. La ironía, por el contrario, sólo sabe odiar, criticar, despreciar. Dominique Noguez quizá exagere un poco, pero señala la dirección correcta cuando resume la oposición del humor y la ironía en sólo algunas líneas, y sobre todo en la fórmula final: «El humor y la ironía se fundamentan idénticamente en una no-coincidencia del lenguaje y la realidad, pero mientras que en el primer caso es sentida afectuosamente como un saludo fraternal a la cosa o a la persona designada, en el segundo, por el contrario, es sentida como la manifestación de una oposición escandalizada, despreciativa y rencorosa. El humor es amor; la ironía es desprecio». En cualquier caso, no hay humor sin un mínimo de simpatía, y Kierkegaard lo vio: «Precisamente porque el humor encubre siempre un dolor oculto, implica también una simpatía de la que carece la ironía…» Simpatía en el dolor, simpatía en el desamparo, simpatía en la fragilidad, en la angustia, en la vanidad, en la insignificancia universal de todo… El humor tiene que ver con el absurdo, con el nonsense, como dicen los anglófonos, con la desesperación. Lo cual no quiere decir que un discurso absurdo sea siempre gracioso, ni siquiera (si se entiende como absurdo algo que no signifique nada) que pueda serlo. Al contrario, sólo es posible reírse del sentido. Pero todo sentido, inversamente, no es gracioso, y la mayoría evidentemente no lo son. La risa no nace ni del sentido ni del sin sentido, sino del paso del uno al otro. Hay humor cuando el sentido vacila, cuando se muestra a punto de anularse en el gesto evanescente (pero como suspendido en el aire, como cogido al vuelo por la risa) de su aparición-desaparición. Por ejemplo, cuando Groucho Marx, tomando el pulso a un enfermo, declara: «O se me ha parado el reloj, o este hombre está muerto». No hay duda de que esta frase significa algo, y precisamente es graciosa porque tiene sentido. Pero el sentido que tiene no es ni posible (a no ser de forma abstracta) ni plausible: el sentido se anula en el preciso momento en que aparece, o más bien sólo aparece (porque si se anulara totalmente no nos reiríamos) a punto de anularse. El humor es un temblor de sentido, una vacilación de sentido, a veces una explosión de sentido, siempre breve, un movimiento, un proceso, pero concentrado, condensado, que puede permanecer más o menos próximo a su origen (la seriedad del sentido) o, por el contrario, aproximarse a su salida natural (lo absurdo del sin sentido), y acentuar así, como todo el mundo puede observar, este o aquel de sus infinitos matices o modulaciones. Pero el humor siempre estará en el intervalo, en ese brusco movimiento (captado en el camino, como fijado en el instante) entre sentido y sin sentido. Demasiado sentido no es todavía humor (a menudo será ironía); demasiado poco ya no lo es (sólo es absurdo). Aquí volvemos a encontrar un término medio casi aristotélico: el humor no es ni la seriedad (para la que todo tiene sentido) ni la frivolidad (para la que nada lo tiene). Pero es un término medio inestable, equívoco, o contradictorio, que desvela lo que toda seriedad tiene de frívolo y lo que toda frivolidad tiene de serio. El hombre con humor, diría Aristóteles, ríe como se debe (ni demasiado mucho ni demasiado poco), cuando se debe y de lo que se debe… Pero sólo el humor decide sobre todo esto, porque puede reírse de todo, incluso de Aristóteles, del término medio y del humor…

Nos reiremos mucho mejor, o el humor será más profundo, en la medida en que el sentido afecte a las zonas más importantes de nuestra vida, o en la medida en que arrastre con él, o haga vacilar, a superficies más vastas de nuestros significados, de nuestras creencias, de nuestros valores, de nuestras ilusiones, digamos de nuestra seriedad.


via fb, Piero Dal Bon

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